Ernesto Mejía Cisneros ESCRITO POR  Ernesto Mejía Cisneros Aug 10, 2017 - 242 Visitas

Desafortunado encuentro

Desde la cubierta del buque motor Copemapro IV, Alfredo y Javier divisaron el puerto. Hacía catorce horas que sus ojos esperaban con ansia ver esa postal. La embarcación navegaba a 20 millas náuticas sobre un Océano Pacífico tranquilo en oleajes y con aguas de un azul marino intenso, contrastante con la tonalidad cielo del horizonte. El día era soleado, 18º C de temperatura ambiente. Bromeaban y reían con el resto de la tripulación, que al igual que ellos ansiaba llegar a puerto. Regresaban de un viaje de 27 días pescando en altamar, habían navegado desde las aguas del Mar Bermejo, hasta la misma bahía de Ensenada, B. C.

            Ellos ya habían diseñado un plan apenas tocaran tierra. Una vez que comenzara la descarga de todo lo pescado, y como ninguno de los dos estaba de guardia, comerían en la fonda de doña SusI, sitio donde casi todos los pescadores “fuereños” comían comida mexicana real.

            Doña SusI era muy querida porque le echaba la mano a cuanto pescador sin dinero acudía a su local. Fiaba o regalaba los alimentos, las más de las veces, en espera a que se emplearan. Desde aquellos tiempos, la competencia por un puesto en cualquier embarcación pesquera de gran calado era feroz. En contrasentido, las compañías pesqueras eran felices, no se preocupaban por la falta de personal, al contrario, querían abaratar gastos contratando la producción pesquera cada vez a menor precio.

            Habían acordado regalarle a doña SusI un atún que se “pegó” al palangre, y que al ser especie no comercializada por la compañía, pertenecía a quién hubiera jalado el reynal. Ella se merecía eso y más, por la asistencia brindada a ambos cuando escaseó el dinero. Ya que los dos se aventuraron a viajar de Manzanillo a Ensenada sin una oferta de trabajo concreta. Soportaron 28 horas de viaje en autobús.



    A su llegada al puerto de Ensenada rentaron un cuarto pequeño, amueblado con lo esencial: camas individuales, burós, ropero y baño. No más. Todo a lo largo y ancho de cinco por seis metros cuadrados. A diario visitaban el muelle pesquero, preguntaban en cada embarcación si había vacantes, iban a las oficinas de las distintas compañías dejando solicitudes de empleo. A los seis días de andar "pateando el bote" consiguieron hacer guardias, en un buque atunero que iba a estar en puerto unos diez días, luego regresaría a altamar, vía a la pesca.

            La compañía propietaria del buque les advirtió que no había oportunidad de embarcarse con ellos, que sólo les darían las guardias. Salario diario y la oportunidad de hacer dos comidas a bordo. Además, aprovechaban para estrechar relaciones con compañeros de otras embarcaciones y otras compañías pesqueras para poder enrolarse. Cualquier oportunidad, cualquiera.

            Finalmente firmaron contrato con el buque palangrero Copemapro IV. La experiencia a bordo adquirida en el buque Tiburón II, en Manzanillo, Colima, fue determinante para la contratación. El buque era japonés con bandera mexicana, requisito para poder pescar en aguas nacionales. La tripulación se conformaba con seis mexicanos en cubierta y catorce japoneses distribuidos en capitanía, contramaestre, maquinista, cocina y cubierta. La comunicación se establecía con el poco español de los “japos” y el nulo japonés de los mexicanos. Optando por el poco inglés de todos. Una vez más se comprueba que cuando hay necesidad de comunicación, con señas, diagramas, fotos y gestos, no existen barreras.

            Amarrada al muelle la embarcación, formalizaron el rol de guardias. Se despidieron. Casi corrían hacia la fonda. Les urgía comer tortillas, frijoles, caldo de res, bistec ranchero, machaca con huevo, verduras con pollo, acompañados con su respectiva salsa casera o chile verde o jalapeño en vinagre.  Cualquier cosa que no fuera arroz al vapor, sashimi, calamares rellenos, sushi, fideos insípidos, tofu, salsa de soya, té de jazmín. Y no porque no les gustara, sino que añoraban lo de ellos, la cocina mexicana.

            Doña SusI se alegró a su llegada, los abrazó y preguntó cómo había sido el viaje, qué tanto habían pescado. Agradeció el atún, mismo que pasó a la cocina para que lo filetearan y lo prepararan a la plancha. Entre un platillo y otro, taquito de esto o de esto otro, charlaron sobre temas triviales. Ella con el acento clásico de los norteños de ese lado, que contrasta con el acento de los habitantes costeños cercanos al Trópico de Cáncer. Convinieron en desayunar, comer y cenar los días que estarían en puerto y cuando las guardias se lo permitieran. Se despidieron. Desde la caseta de larga distancia, cada quién llamó a su casa, reportándose.



    La siguiente parada obligada era el bar. Llegaron al “Califa”. Saludaron a Teresa, quién estaba de turno en la barra y celebró el regreso. Se sentaron a la barra. Entre tragos, música, botana, bromas, platica, llegó la compañía femenina, sin duda avisada por Tere. Sin formalismos se sentaron en bancos a sus lados pidiendo si les invitaban una cerveza, a lo que accedieron. Luego de los brindis, abrazos, besos y toqueteos, Alfredo decidió irse con "La China", quien lo urgía diciéndo: "Ándale m'ijo, invítame al cuarto, ¿a poco no tras ganas, no te gusto? Le comentó a Javier que iría al cuarto por estar más cerca que el muelle. Además, si iba al barco, tendría que convencer al compañero que montaba guardia para que lo dejara pasar con compañía. Javier lo encomendó y le dijo que lo esperaría ahí mismo.

            Cuando llegaron al cuarto, Alfredo estaba lleno de dudas, los prejuicios le carcomían. ¿Qué estaba a punto de hacer? ¿Cómo le iba a faltar a su esposa?

             De pronto, encontró la salida, no importaba cual ruin sería, no importaba que pensaría de él la chica. Ella ordenó “embíchate”, a lo que él comenzó a reír preguntando qué era eso, mientrasle seguía acariciando, besuqueando y apretándole las nalgas, se untaba a ella mientras su deseo disminuía por el remordimiento. “¡Qué se quitara la ropa!”, urgía ella, apartándolo un tanto molesta por la risa burlona de él. Alfredo quería abrazarla de nuevo, pero ella lo aventaba a la cama y gritaba: “tu tiempo está corriendo y no te queda mucho, ¡embíchate ya!”. Él era risa imparable convirtiéndose ya en carcajada abierta, cínica. “Pues si no te quitas la ropa, cómo lo hacemos?”, inquirió ella. Aquel, no paraba. “Dame mi dinero”, exigió. Alfredo sacó unos billetes de su cartera, alcanzándoselos. La chica se retiró.

            Regresó al bar después de un rato conveniente para que Javier no sospechara nada.

            . — ¿Cómo te fue tigre?

            . —  Bien. — Contestó Alfredo.

            Dirigiéndose a Tere, dijo: “¿me sirves otro whiskey por favor? Y luego,  palmeando a Javier en la espalda, brindo con él. ¡Salud!, hermano.

            Sólo mucho, mucho tiempo después, Alfredo confió a Javier lo sucedido esa noche.

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