Fátima López Iturríos ESCRITO POR  Fátima López Iturríos Aug 20, 2014 - 44 Visitas

Tres mujeres distintas y un sólo Candy’s verdadero

Ella era La Fiera. Por todos conocida. Esa noche llegó directo a los refrigeradores del bar. Sobre las tablas del piso sus tacones, siempre de doce centímetros, gritaban su presencia. Bien sabía ella que los flats no son para trabajar. Escogió una cerveza. Pidió un vaso y lo sirvió lento.


       Se sentó. Por vez primera en su mesa había más concurrencia que alitas a medio comer, o cigarrillos en la cajetilla de Malboro’s blancos. Pero… esta vez  rondaba en sus terrenos otra mujer.

        “¿Quién es la nueva? ¿Qué quiere con mis hombres? Y… ¡Chingado!, ella está más buena qué  yo”. — Pensó La Fiera.

Encabronada, prendió un cigarro y saludó. Luego, cautelosa, de pie y con aire de María Félix, dijo a la intrusa: “Hola, mucho gusto. ¿Tú eres…?”  Ella sabría así quién era aquella hembra alfa.  

       Con voz casi angelical, golpeado acento extranjero, como del sur del continente, la desconocida respondió.

       . — Soy la cuñada de Pedro.

       Aún después de escuchar esa respuesta, para La Fiera ella no era más que una Barbie. Sin dejar de verla como rival, le sonrió tranquila e intentó no criticar más aquellos sus güeros cabellos, entre naturales y L´Oréales. También retiró la mirada de su manicure rojo pasión. Ya ni siquiera volteó a mirar los implantes tipo gota, recién alineados en su pecho.

       Todo corría normal. Las cervezas, una tras otra. Aunque de distintas marcas. Pilsner, Leffe, Carolus. La plática ardía. Pedro no soltaba el micrófono. Prieto reía a solas, sin perder de vista las montañas gigantes que salían de la sudadera blanca de aquella Barbie.

       Esa noche, La Fiera durmió incomoda. Supo, por la plática de la misma Barbie, que ella había sido una famosa teibolera, y que su prestigio seguía “vigente”.

       Su morbo por conocer un bule, había comenzado a nacer.

       El siguiente jueves sucedió lo mismo. La Fiera llegó. Recorrió el pasillo de madera con rumbo directo a los refrigeradores, escogió su cerveza, tomó una copa, se sentó y prendió  un cigarro.

       La plática fluyó normal. Futbol, carros, viejas, quejas, divorcio. Hasta que, envalentonados por varias chelas que contenían más grados de alcohol que una botella de vino, fue La Fiera quien sacó el tema a flote.

       Lo sugirió como una broma. “Vamos a un bule”. Así, como muy casual. Como comienzan las buenas aventuras. Como se juegan las buenas apuestas.

       El morbo por conocer un bule la cogía, como la cogería un amante furtivo. Haciéndola sudar, estremecerse, pedir más. En su fuero interno, aquel deseo parecía más una exigencia kármica por una escapada a aquel lugar, que la indiferencia que con su cigarro a medio quemar, ella quiso aparentar.

       Lo sugirió una vez más. “¿Me llevan a un bule?” Los hombres simplemente reían y le decían que “luego”.

       Las rondas de cerveza continuaron. Sus hombres platicaban de lo habitual. Pero a ella, en ese momento, no le importaban nada sus habituales quejas acerca de sus esposas, sus gastos para la leche del niño, los problemas en sus trabajos, o con quienes querían coger en sus oficinas.

       Esa noche, su mente soñaba con plataformas de charol negras y lustrosas, ligueros de encaje en color carne, sillones de terciopelo tinto, lámparas a media luz, cortinas moradas decorando una habitación de lujo. Absorta en su visión de cortesana estilo Luis XV, volvió a preguntar. “¿Y si vamos a un bule?” Mientras todos daban grandes tragos de cerveza.

       Finalmente, Pedro dijo:

       . — ¡Vamos al bule!

       — Yo nunca he ido a uno. — Contestó La Fiera con voz apagada y tímida. La misma voz que en la secundaria ella usaba, cuando la invitaban a bailar. 

       . — No te estamos preguntando. ¡Vamos a ir para que lo conozcas! ¿No es lo que quieres? ¿No eres una más de nosotros?

       Aceptó. Emocionada y eufórica. Apagó el cigarro. Tomó una cerveza para el camino. El Candy’s. Así le llamaban al lugar a donde irían.

       Al salir, Pedro volteó y le dijo:

       . — Ahora sí te vas a teñir de brillantina.

       El guardia de la entrada le pidió su IFE. Ella volvió a sentirse de dieciocho y su sonrisa enseñó hasta las muelas del juicio. Era una sonrisa  borracha. De oreja a oreja. No sabía ni a qué iba. Sólo intuía que estaba llegando a un lugar prohibido.  Algo así como ingresar a la filmación del video de la canción La Casa Nueva. Esa que dice: “Tiene un letrero de color en la vidriera, y una cualquiera es la que ocupa tu lugar”, ¡Cómo olvidar a Los Invasores de Nuevo León! ¡Cómo no imaginar el paraíso perdido!

       . — “¿A qué demonios huele?” — Fue su primera expresión.

       Porque la entrada de aquel sitio fue un putazo directo a su olfato. Puros, Faros, mentolados, Delicados, perfumes Avon, Laysol, y hasta un poco de Glade aroma herbal. Todo eso, como dirían los sommeliers, con fuerte acento a cloro, si es que era eso… ¡O algo peor!

       Entraron al lugar. Espejos, espejos, espejos y, más espejos. Por todos lados. “Demasiados espejos”, pensó ella. No le gustaba ver ni su cara ni su cuerpo. Mucho menos en comparación con una morena de vestido azul chillante que resaltaba sus parados pezones. Tumefacción que no era por el frío.

       Luego aparecieron las salas. ¡Muchas salas! Abundantes e incómodas. Esparcidas por todos lados. ¡Como si no hubieran tenido dinero para acomodarlas mejor! Muchos sofás oscuros y… ¡más espejos! Pero ahora disfrazados de mesas que ofrecían una especie de ceniceros negros, llenos de cacahuates y variadas semillas.

       . —-¿Cuánta cantidad de bacterias estaré ingiriendo en cada manotazo que doy? ¿Qué deberé  tomar para evitar la diarrea de mañana? — Pensó ella.

       La Fiera vio luego más ceniceros. De vidrio. Como tarjetas de presentación. En una mesa alcanzó a contar cinco. ¡Cinco! Y eso que era una mesa más chica que el buró que al lado de su cama acompaña sus sueños.

       Finalmente aparecieron las mujeres. ¡Muchas mujeres! Mike Laure tenía razón. ¡La cosecha de mujeres nunca se acaba! Porque en verdad eran demasiadas. Todas en lencería erótica. Como en revista de Penthouseexhibida en un puesto de periódicos por rumbos de la Vieja Central.

       Sobre el suelo había un cuadrado tipo espejo, que se elevaba a la altura de los sillones. Simulaba una pista de baile. Parecía que estaba puesto ahí para que las “muchachas” pudieran dar una mejor visión de sus intimidades, a esos afortunados “caballeros” que sentados frente a ellas, claramente podían percibir el olor a sus sudores y a sus vaginas. Olor, por supuesto, mezclado con perfume barato.

       Encima de aquella pista de baile, colgaban hileras azules de luces de neón, agregando a la ambientación un tono de discoteca. Otra luz, que los que saben la llaman negra, lograba evitar el mostrar las pequeñas imperfecciones de las bailarinas.

       Ella contó más de quince pantallas plasma que mostraban videos, cuatro tubos metálicos, imponentes como vibradores de titanio, imponentes en el centro del lugar. Algunas mesas con apariencia de fichas de dominó custodiaban el escenario. Alejado de la  pistacomosalido de aquella cúpula de poder vaginal, vio lo instalado una especie de columpio.




 La Fiera, decidió ir al tocador de damas. Lo tuvo que hacer escoltada por una guardia. ¡El único baño para mujeres formaba parte de un privado! Una pequeña sala donde había también un tubo y un solo sillón, este, de tan confortable,  parecía cama. Ahí el mobiliario era tinto, la pared negra, el baño azul. Las manchas de semen, escondidas en los tintos sillones, hubieran pasado desapercibidas de no haber sido  por su olor.

       Saliendo del baño, casi al llegar al extremo último del lugar y sitio donde empieza la barra, La Fiera quedó impresionada al ver una especie de jaula gigante de color blanco. Rodeada por barrotes y rellena con un largo y maloliente sofá, mismo que a lo lejos parecía decorado con estrellas. Más tarde, ella pudo corroborar que no eran estrellas. Era foquitos de luz negra y, al parecer, también servían para disimular las manchas incomodas que dejaban los clientes.

       Ahí, en esa periquera blanca, yacía el último lugar de la decoración. Y el único lugar de la excitación real.

       En esa gigante cárcel, las mujeres hacían el denominado “baile de cortesía”, incluido en el boleto de entrada a ese palacio del placer  masculino, ubicado en la avenida Vallarta. Dicho baile, a su vez, incluía repegar los traseros femeninos, ¡como si estuvieran aplaudiendo!, en la cara de los hombres; también acercar las tetas a las bocas, como si los amamantaran. El plus era mover continuamente su tanga sobre  la bragueta del señor en turno, el cual, inmóvil  por la presencia de un guarura lo bastante grande como para resultar intimidante, lo obligaba a sentirse totalmente impotente para meter mano y tocar, sin ser visto. Aunque no estaba imposibilitado para dejar salir una erección que, vibrante, se asomaba dentro de su estremecido pantalón.

       La Fiera, absorta por todo aquel espectáculo, más que fiera parecía “una pequeña y linda gatita” tratando de escupir la bola de pelos que traía atorada en la garganta.

       Para ella, lo más raro en ese lugar era ver el desenvolvimiento de los hombres en estado natural. Observó, con extrañeza, como todos los machos ahí reunidos disfrutaban ver tetas y chochas por doquier. Pero eso, no impedía que siguieran hablando de sus negocios, sus esposas, del cierre de un contrato, o de lo buena que estaba una morena.

       Ellos no lucían realmente excitados. Ni siquiera por la infame exhibición de implantes mamarios y nalgas perfectas. Ninguno se esmeraba en mostrar un gusto real por las tetas que compartían su cogñac. O por la “cogñaqueada” que daban a sus compañías femeninas. Y es que ahí se apreciaba que le daban igual meneadas a su copa de licor, que al clítoris de una pelirroja “natural” quien, sentada a horcajadas sobre sus piernas, reía y fumaba como si no le importará que toscamente le hurgaran la vagina.

       ¿Cómo era posible que ante semejante vestuario no mostraran más muestras de excitación?

       Había negligés blancos, azules, negros, animal print, rosas, rojos. De todos colores y estilos. Y qué decir de las plataformas. Algunas tenían flores, dados y hasta una baraja diminuta, incrustadas en los tacones; algo que no fue observado ni mencionado por alguno de esos hombres.

       Además de La Fiera o, mejor dicho, de la mujer recién convertida en Linda Gatita, sólo la guardia de seguridad se encontraba completamente vestida. Y ni así prestaban los hombres una mayor atención a los esculturales cuerpos que los rodeaban. Ellos sólo reían, manoseaban y tomaban.

       En algún momento de la noche, la pista se abrió. El hombre del sonido anunció: “¡Está en la pista Dayaaaanaaaa, nuestra venezolana consentida!”.

       El humo blanco que la Linda Gatita esperaba ver, como venido de la película Flashdance, no llegó. Tampoco la música eléctrica. Ninguno de sus  supuestos clichés se hizo presente. Ni siquiera el chorro de agua fría en la silla.

       Sólo una rubia exótica y con de cara de muñeca,  salió a menearse. Llevaba un diminuto vestido blanco. Lucía más acinturada que el propio tubo con el que jugaba. Era a tal grado su delgadez, que el cuerpo de Carmen Electra le venía guango.

       Dayana se contoneaba alrededor del tubo, pero no bailaba. La Gatita, desesperada, veía que el tubo aquel sólo le servía para que se hiciera pendeja. De hecho, ninguna de las chavas hizo algún acto triunfal como los que veía en la tele. Nadie se sostuvo con las piernas, ni enseñó la ingle sujeta por una sola mano. Esa noche no hubo Cirque du soleil.Dedujo que en ninguna otra lo habría.

       La minina tomó una cerveza de la cubeta y prendió otro cigarro, agarró cacahuates insanos de encima del espejo que por mesa tenía. Cuando reparó, sólo ella estaba cantando una canción de Thalía. Sus machos sólo veían pasar viejas. Decidiendo con cuál querían. Sus dos machos apostaron por Dayana. Sin embargo, los machos de enfrente también querían a Dayana. Los de la mesa de al lado querían a Dayana. Todos, hasta los amantes de lo ajeno y del perico, querían a Dayana.

       . – “‘Pos sí.” — Pensó la Gatita. — “Dayana, está muy buena, aunque no es pa’ tanto”.

       Sin pensarlo más, revisó su celular. El reloj marcaba las 3:30. Ella levantó su mirada de nuevo y vio, claramente, como todos apuntaban a su mesa y, frente a su sillón, Dayana la miraba.

       Pedro, muy contentó y casi gritando dijo: “¡Ya chingaste!” Dirigiéndose directamente a La Fiera o, mejor dicho, a lo que quedaba de aquel animal. “¡A Dayana le gustaste!”, concluyó.

       Hubo un minuto de silencio. Pudiera decirse que en memoria de las neuronas que murieron en el cerebro de aquella Gatita.

       Hugo,  se puso de pie. Pedro,  se puso de pie. La Gatita… ¡se escondió!



     Pedro dijo algo al oído de Hugo. La Gata estaba impávida, preguntándose: “¿Qué hacía Dayana ahí? ¿Le iba a bailotear a sus hombres? ¿Enfrente de ella? ¿Por fin vería un sexy, sin estar en la jaula?

       Hugo extendió la mano y dijo al guarura: “Los tres tickets para ella”. Asustada no dijo nada. ¡Habían amansado a la minina que La Fiera llevaba dentro! Sabía que ella, era ella; y que ella iba a aquella cárcel.

       “¿En qué momento fue escogida ella entre cientos de lujuriosos? ¿Qué le iba a tocar a Dayana si tenían lo mismo, menos la cintura?, ¿Qué estaba haciendo?”

       . — Soy mujer. ¿Qué no me ves? — Dijo ella a Dayana.

       . — Sí. Lo sé. — Respondió Dayana de inmediato.  — Me gustas, por eso te fui a buscar.

       Dentro de la jaula. La Gata no supo qué hacer. Ella no toco nada. No quería ver la tanga tan cerca de su cara. Ni sentir los duros implantes sobre sus mejillas. Tuvo miedo del olor a perfume barato mezclado con sudor y brillantina que Dayana exudaba. Todo eso, revuelto con una loción por ella conocida. Polo Sport, Esa mezcla de olores era la que emergía del cuerpo de Dayana. Hombre, mujer o alebrije. O todo eso dentro de un diminuto vestido blanco. Y portando una impresionante depilación brasileña.

       Pasó una canción. ¡Pero tenía pagadas tres! Y si para los ilusos hombres cada una es sumamente breve, para La Gata era algo eterno. Ella ya estaba boca arriba queriendo, a como diera lugar, salir de ahí.

       Intentó dejarse fluir. Pero… ¡Impresionante! El tener el cuerpo aquel, a la disposición, hasta a Hello Kitty le hubiera provocado una excitación genuina.

       Quiso agarrar un poco de la piel de Dayana, pero  sus manos estaban más tiesas que cuando tuvo que firmar la hipoteca de su casa. Sólo alcanzó acariciarle las piernas completamente despojadas de vellos.

       Dayana varias veces volteó a verla.  Con su enorme cabello cubría el rostro de la minina; esta no podía, por más que quería, sostenerle la mirada.

       . — Tranquila, no te vayas. — Pidió Dayana en voz muy baja.  — No te voy a hacer nada. Es que si te vas, no cobro.

       La Gata se quedó callada. Imaginando la pobre vida de una teibolera. En realidad ella había enmudecido. Pero no por lo que Dayana dijo a su oído, sino porque en ese mismo momento, en cuestión de segundos y sosteniendo su cara con fuerza, Dayana la había besado. ¡En la boca! Rápido y sin lengua.

       La Gata sintió que Katy Perry cantabaen su mente.“I kissed the girl and I liked, hope my boyfriend don´t mind it…”

       Dayana tenía la boca grande y jugosa. No como de novela tierna, sino como de culo de gallina. ¡A la Angelina Jolie!

       La Gata se paró instintivamente. Era la última canción. Dayana, hábil, le tomó la mano y la dejó de nuevo en su mesa.

       Los amigos de La Gata la pendejearon. ¡Hasta hartarla! Ellos platicaban de lo que hubieran hecho. De cómo la hubieran ultrajado. De cómo ella debió haberla tocado más. ¡Tan siquiera las chichis! Reían de la cara de miedo que había puesto, y celebraron con cerveza y gestos de fingida lujuria que su amiga hubiera sido violada y excitada, por una mujer.

       Le daban así una sopa de su propio chocolate. Al haberla encerrado ahí, como un frustrado objeto inmóvil. Adentro de una jaula donde, más qué mujer, parecía tan hundida como una mancha más de semen en aquel sofá.

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