Enrique Gutiérrez Arévalo ESCRITO POR  Enrique Gutiérrez Arévalo Aug 23, 2014 - 45 Visitas

Historias surgidas desde el antiguo "Chiverío"

 

I. Colomos 2339

Eran los años 80 del siglo XX. Estamos en el cruce de las avenidas López Mateos Colomos. Sitio que tuvo su máximo esplendor vial por aquellos años. Cuando cientos de familias iban hasta allí para llegar a la más distinguida cuna futbolera de esta ciudad.

      Viniendo por López Mateos, al dar vuelta en Colomos, justo en dirección al corazón de la colonia “Podridencia”, como algunos buenos tapatíos reconocen a la distinguida colonia Providencia de nuestra ciudad, se debían recorrer unos veinte metros en la dirección indicada; distancia que a pie era, para mí, algo así como unos ochenta y tantos pasos.

      Sin desviar camino, se llegaba luego a Colomos 2339. No sin antes pasar obligadamente frente de las tortas ahogadas El Rika y los tacos de vapor de don Pancho; los mismos quienes, aún hoy y con sus clientes más leales, se dan ánimos para revivir comentando: “Sí, esos cabrones de enfrente, aquí comían”.

      Para que no haya duda, mirando hacia la derecha se verá el colegio más “agringado” de todo Guadalajara. Lo que significaba que se había llegado por fin a uno de los lugares más mexicanos del mundo.  El Club Deportivo Guadalajara, A. C. ¡Bienvenidos señores!  

      “Fraternidad Unión y Deporte”. Decía su lema.

II. Anacleto

Ya desde la esquina de López Mateos y Colomos, a mediana altura se podía apreciar la lámina de un anuncio espectacular que apenas y se asomaba sobre una fría pared blanca, anuncio sencillo, pero siempre bien pintado en azul, blanco y rojo; con él, algunos tapatíos de “singular” orgullo futbolero, rendían tributo a un señor llamado Anacleto Macías “Tolán” quien, para su mala suerte, al día de hoy puedo informar que sigo sin saber quién fue tan distinguida figura del balompié mexicano.

      Todos los sábados a medio día, ese espectacular de medio pelo también servía como marcador, pues al interior del club había una cancha de futbol empastada, más cuidada y bendecida que el green del Country Club. Esa cancha también se llamaba Anacleto Macías “Tolán”. Letrero y marcador futbolero ya fueron  derrumbados.

      Espero que el tal Anacleto, este más que molesto por la poco elegante manera en la que derrumbaron el único tributo a su memoria. Señalando  para su conocimiento que el día del derribo de este icono de López Mateos y Colomos, se encontraban varias familias encadenadas al letrero y marcador para tratar de impedir su derrumbe, pero fue imposible, así que después de este hecho, mi buen Anacleto, ni te enojes por eso. Ni porque yo no sepa aún quién eras.

III. La señora Chiva

Más grande que las pasadas glorias de Anacleto, fue la voluntad, pasión y convicción de una señora flaca, muy alegre, jacarandosa y gustosa de lo popular; a la que sus canas acompañaban la maltratada piel de su tez morena.

      Entrada en sus cincuenta y pico de años, desde las tribunas de la cancha Anacleto, la ruda señora cada sábado gritaba palabras de aliento y ánimo a los jugadores del rebaño  que al día siguiente, domingo a las doce horas, jugarían en el estadio Jalisco

      La dama rojiblanca todos los sábados vestía su ajuar de lujo. El cual se componía, de pies a cabeza, con los colores y símbolos del chiverío.

      La señora Chiva, como le decían, nunca estaba sola en sus porras. Los sábados la acompañaba un grupo de niños huérfanos y de escasos recursos, a los que ella atendía y cuidaba con ayuda de las estrellas del rebaño de aquellas épocas; a quienes habría que reconocer una actitud filantrópica verdadera ya que, además de los recursos de ayuda, también saltaban barda para regalar autógrafos y playeras sudadas con palabras cariñosas, a los niños de La señora Chiva.

      Esos “eran” los jugadores del Guadalajara que se distinguían por pisar con humildad la cancha Anacleto.

      Un sábado cualquiera, dejé de ver a La señora Chiva en la tribuna. Había moños negros por todos lados que daban una respuesta a la pregunta del porqué de su ausencia.

IV. El club

La cancha Anacleto no era todo. Permítanme  guiarlos. Por la entrada de Colomos  había una caseta de vigilancia de concreto y cristal, custodiada siempre por dos vigilantes, era el filtro donde había que enseñar la credencial de socio. Si todo estaba bien con los pagos o, en su defecto, si se era hijo de alguien muy chingón del club, en unos segundos estarían del otro lado.

      Una vez dentro, al frente quedaba la vista de una techada alberca de veinticinco metros, era para los que nadábamos alberca de “curso corto”; siempre lo suficientemente clorada como para que, dentro de ella, nos hubiéramos intoxicado más de una vez, con pase directo al hospital por un mínimo de tres días. Porque intoxicaciones frecuentes había. Debido a las nubes de cloro que se acumulaban por las noches debajo del techo de la alberca, las que bajaban a saludar nuestros pulmones por las madrugadas. Empezábamos a nadar a las cinco de la mañana.

      Sigamos el recorrido. Entrando a la derecha, la sala de trofeos. Lugar donde se exhibían las glorias de los rojiblancos y sitio tan majestuoso como el mausoleo de Aarón. ¡Ja!

      Arriba de esta estantería de trofeos, se localizaban dos pisos completitos de vapor, sauna, ducha, regaderas sanitarios, masajes y peluquería, cuya entrada estaba reservada a mayores de dieciocho años pues, a todo esto, también había un bar que operaba de nueve a nueve.

      Sin duda, otro requisito no escrito en las reglas de uso de esos baños, era que para poder entrar debías ser bohemio de afición, para entender y acoplarte a las pláticas y anécdotas que salían de ese lugar.

      Frente a esos baños había una alberca olímpica a cielo abierto de cincuenta metros, de “curso largo”, acompañada de una fosa de clavados con sus respectivas plataformas de tres, cinco y diez metros, donde la osadía más grande consistía en aventarte de la plataforma más alta, sin que esta construcción se viniera abajo. ¡No, no es broma! Ya que una vez arriba de esa plataforma se podía ver la glorieta Colón; porque sí, había unaglorieta Colón, la misma que ahora está como enterrada debajo de un túnel. Incluso, arriba de esa plataforma se podía hablar al tú por tú con el iniciador del Día de la Raza, debido a los movimientos oscilatorios y ondulatorios de la estructura que sostenían las plataformas de clavados.

      Allá arriba, te aventabas al vacío sin pensarlo. Directo a la fosa de clavados, cuya profundidad al centro era de siete metros.

      Años después me tocó comprobar la profundidad de la fosa.

V. El Tapatío

Detrás de aquel “conjunto acuático” estaban las canchas de tenis, de arcilla, pero canchas de tenis al fin y al cabo. Siempre reservadas para los ricos del club. En el fondo escondían algo muy interesante: la entrada a la casa club del Tapatío, el equipo de fuerzas básicas del chiverío.

      En esa casa se hospedaban los talentosos futbolistas foráneos que buscaban una oportunidad en el equipo mayor, el que entrenaba en la cancha del tal Anacleto. En esta casa conocí a mucho fuereño futbolero, de los cuales sólo a uno escuché su nombre en primera división, por cierto jugando en el Morelia. El María Morales



VI. El corazón de la identidad Chiva

En ambos costados del conjunto acuático existían unas mesas de fibra de vidrio, con sombrillas estilo setentero o, como digo yo, a la Mauricio Garcés. Conformaban el corazón del club. Las familias debían madrugar los fines de semana para tener las mejores sombras, patrocinadas por los eucaliptos y una que otra palmera.

      Siempre bajo el lema de “Fraternidad, Unión y Deporte” los socios convivían en esas mesas. De vez en cuando los jugadores del equipo rojiblanco se acercaban hasta ese sitio para saludar a su afición, aprovechando para compartir los sagrados alimentos –y uno que otro alipús– con las familias que, sin duda, eran las que le daban vida a su club.

      De esas fechas recuerdo bien a Quirarte y al Zully. Posteriormente, sumándose a las clases de humildad futbolera, vería en la pasarela al “Coyote” y a Camilo Romero; este último rompecorazones del gremio femenino del club.

      En sentido contrario a la caballerosidad y humildad aparecían en escena Ramón Ramírez y “El Tilón” quienes dejarían mucho que desear. En fin…

VII. Los madrugadores.

Ahí vi desfilar a todos los jugadores del chiverío. Al que quieran mencionar, pues. Detrás de aquellas mesas setenteras, estaban dos canchas de basquetbol, las cuales diario eran usadas por un distinguido grupo de veteranos que se reunían a la siete de la mañana. Me imagino que por eso mismo, ellos se hacían llamar “Los Madrugadores”.

      Era una cofradía integrada por distinguidas personalidades. Pérez Luna, Director de Vialidad de la época, señor bonachón que hoy en día sigue manteniendo unido al grupo. Líderes sindicales como “El Profe”, quien tiene más vidas que un gato y hace poco despertó de un coma profundo. Distinguidos abogados como “El Polanco”, apodo ganado por su color chapopote y quien siempre me dijo: “No estudies leyessi no eres hombre”. Uno que otro notario. Sin faltar un gobernador, “El Rivers”, cuya humildad jamás me hizo pensar que era el jefe de gobierno hasta que un día, me ayudó a hablar con unos señores y me dijo: “Diles que vas de parte del gobernador”. ¡Hasta ese momento supe en que trabajaba “El Rivers”!

      Había también golpeadores de la FEG, como “El Güero” de Alba y Daniel “El Bigotes”, ambos unos titanes de la lucha callejera, amantes de las navajas y de las “escupe plomo”, en sus años mozos.

      Ellos, por cierto, no se tenían mucho cariño uno al otro. Baste recordar una vez que “El Güero” de Alba falló un tiro que iba directo al aro,  tiro que era más difícil fallarlo que meterlo y Daniel, “El Bigotes”, quien sólo iba de paso y nada tenía que ver con la poca puntería de “El Güero”, se le ocurrió burlarse de tan lamentable tiro al aro para que, en fracción de segundos y deleite de una docena de espectadores, ya había una golpiza tan épica que, ¡lo juro!, parecía pelea estelar de Julio César Chávez.

      Ambos titanes se dieron con todo, nadie los podía ni quería separar, sin duda la fama de gatilleros que les acompañaba aún estaba presente. Así que mejor los dejamos darse con todo. No había favorito. Eran golpes tan duros, que aún recuerdo el sonido de los nudillos de ambos estrellándose en sus respectivas y duras caras. La furia de sus golpes dejaba ver el nulo cariño que se tenían, lo que hacía parecer que estaban sacando viejas rencillas.

      Sí, aquellas eran otros tiempos en Guadalajara. Ninguno de los dos salió bien librado de la cámara húngara. La sangre en el piso, camisetas y rostros, no impidió a ninguno de los dos para que ya cansados, pararan tan tremenda putiza mutua.

      Finalmente, sin que ninguno de esos dos se reconociera como vencedor o vencido, ambos se dieron la mano y siguieron sus caminos.

      Lo cierto es que nunca por el club se volvió a ver a Daniel “El Bigotes”. En el mejor de los casos pudiera pensarse que lo habrían expulsado por mala conducta.

      También llegué a ver a los  altos mandos de la Universidad de Guadalajara, como “El Zermeño”, quien manejaba una moto chopper y  me enseñaría a manejar las de dos ruedas.

      Entre los empresarios de la época destacaría al dueño de Mamá Coneja, entonces apenas un changarro de Santa Tere que vendía semillas. Era apodado “El Cachiruloco”. Le decían así por que usaba cachucha y está loco de atar. Era odiado por muchos, no por mí. Él me enseñó que “serán unos pendejos quienes tengan oportunidad de estudiar y decidan trabajar”. Palabras que me decía cada vez que le pedía trabajo en su changarro.

VIII.  Los presidentes

El grupo de “Los Madrugadores” también tenía sus espectadores, sobre todo provenientes de los altos mandos de la directiva del chiverío como Salvador Martell, “El Bigotón Jasso” o don Marcelino; por mencionar sólo a algunos.

      Un día de esos, cuando yo andaba por los dieciséis años, se cruzó por mi camino el director de deportes del chiverío, Enrique Flores Martell, quien viéndome jugar en el club desde temprano y sin irme a mi casa hasta que lo cerraban,  previniendo que me fuera a convertir en un vago, me invitó a trabajar con él. Sabiendo de antemano que yo nadaba a nivel competitivo desde los ocho años, no dudo en ponerme a dar clases de natación.

IX. El trabajo

Así empezó mi vida laboral. Dando clases de natación. Sin ninguna metodología ni estudio previo. Repitiendo aquel grito de mi abuelo: “¡O nadas, o te ahogas!

      Tal vez enseñe a nadar a más de un centenar de niños. Eso sí, a mí sólo me tocaban los “niños problema”, los miedosos, los que no hablaban, etc., etc., etc. Pero… Años más tarde, todos ellos llegaron a competir en lo que ahora son las Olimpiadas Juveniles.

      Eso me dio toda la confianza de mi patrón. Y de don Marcelino, el patrón de mi patrón, quien festejaría en los años 90, un campeonato más de su equipo.

      El festejo consistió en una descomunal verbena dentro del mismísimo club donde, al grito de “¡pásele el que quiera!”, se olvidaron de un pequeño detalle. El de que “¡mucha gente, hace mucho desmadre!” ¡Poco faltó para que el club se viniera abajo!

      Con la confianza que “El Martel” y don Marcelino ya tenían conmigo, se me pidió ingeniármelas para sacar de la verbena a la gente más mal portada; por lo que llamé a Claudio, el maestro de artes marciales del club, con quien algunas veces llegué a trabajar por las noches sacando borrachos de un antro de Plaza Exhi-Moda,  por lo que su talento marcial estaba más que comprobado.

      Claudio por fin llegó en compañía de unos compañeros suyos, me supongo que ninjas, porque en menos de una hora todos los hooligans del chiverío estaban fuera del recinto sagrado. Don Marcelino nos dio las gracias.

      Una semana después, por esa ayuda nos pagó cinco quincenas juntas.



X. El Capi  

Había que llegar temprano a cambiarse. A primera hora y, a veces, antes de que saliera el sol. Antes que a nadie, Siempre veía ahí a un señor mayor Y que en solitario nadaba todas las mañanas. Debió haber sido una manda nadar en una alberca tan fría y, sobre todo, solo.

      Así, la imagen de aquel señor fornido y calvo se fue haciendo parte del paisaje matutino del club. Lo empecé a saludar con frecuencia hasta llegar a preguntarle:

      .— Señor,  ¿por qué nada tan temprano y en una alberca tan fría?

      . — Se llama disciplina, hijo. — Me contestó.

      Después me enteré de que era militar y le apodaban “El Capi”.

      Años después, mi patrón me volvió a llamar para una misión especial. ¡Muy especial!

      Recuerdo bien. Pasaban las diez de la noche. Y esa noche era fría y lluviosa. Las instalaciones del club ya estaban cerradas. Al llegar al estacionamiento vi una ambulancia. Me imagine todo. Menos lo que en verdad pasaba.

      Junto a la fosa de clavados estaban mi patrón, Martel y Óscar --quien era otros de los consentidos del patrón--. Platicaban con unos paramédicos.

      Martel nos dio la orden:

      . — ¡A ver, cabrones! Se nos ahogó un señor y les toca sacarlo porque,  estos señores, ¡no tienen ni la menor idea de cómo hacerlo!

      Oscar y yo, entrenados para salvamento acuático, fuimos los elegidos para sacar el cuerpo de… ¡Sí, “El Capi”! No fue fácil. Una vez conseguido sacar su cuerpo de la fosa de clavados, creí escuchar, una vez más, aquellas sus palabras:

       “Es disciplina hijo”.

XI. La despedida y lo que pasó después

      Desde ese momento, el club sólo me daría glorias. Fui maestro de natación, coordinador de la alberca de “curso corto”, maestro de basquetbol infantil y juvenil femenil, maestro de planta para los Cursos de Verano,  “entrenador” del equipo infantil de waterpolo al cual llevaría a ganar la Olimpiada infantil en Aguascalientes; a pesar de la ola de metodología cubana y mi nula experiencia en eso de la grilla del CODE.

      Así podría seguir con las historias de gloria en mi paso por el club, pero el divorcio de los colores rojo, azul y blanco fue inminente. Tenía que estudiar, no iba a terminar viviendo de eso toda la vida, ¿verdad? Así que, con cortos agradecimientos y breves despedidas, me fui lejos. A estudiar leyes.

      A la distancia, me llegaba el eco de un rumor. Un rico excéntrico, tipo texano loco, compraría el club al dueño del Cine del Bosque, último presidente del club, y de quien no puedo decir, ni opinar nada.

      ¡Ya qué más da! Se perdió el club permitiendo que las estrategias legales de Romero Fierro hicieran posible la transformación de una figura civil, a una mercantil digna de puja y subasta; y que la tradición rojiblanca perdiera, junto con los valores, la hermandad y la fraternidad.

      Así, con más pena que gloria, el equipo del chiverío en manos del loco excéntrico, no ha logrado más que un campeonato y un estadio de primer mundo, al cual sus seguidores no van.

      El poder y la avaricia se apoderaron del club y de su equipo, matando con ello el corazón de la identidad chiva, en su propia ciudad. La maldad del loco tejano con un apellido que suena como un sinónimo de falo, así como su perversa idea de hacer negocios con todo, se ven reflejadas en las ruinas en que Colomos 2339 se convirtió. 

      Murió un lugar con “harta” tradición en Guadalajara. Se perdió un espacio familiar y deportivo.

      De aquel recorrido camino por la calle Colomos, sólo queda el recuerdo. Y una que otra rata que aún anda por ahí.


Videos | Historia de Chivas. Una religión llamada Rebaño Sagrado






Video | Imágenes Recientes del antiguo Club Guadalajara 







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