Anna G. Lozano ESCRITO POR  Anna G. Lozano Sep 23, 2014 - 51 Visitas

El voceador de bastón rojo

Carecer de la vista en esta ciudad con prisa no es impedimento para Luis, un voceador invidente que arriesga su vida diariamente toreando a los carros con tal de hacer su trabajo: vender el periódico.

      A sus diez años Luis Ochoa perdió la vista de un golpe. Literal, fue un golpe de su madrastra el que lo dejó ciego, y el momento decisivo para comenzar a vivir.

     Hoy viste de gala. Sus zapatos negros están recién boleados, como si pretendiese ir a bailar. Porta un pantalón azul marino que hace juego con su corbata garigoleada, ajustada a su camisa blanca de cuello que se esconde debajo de su chamarra obscura de poliéster. Su cabello de melena corta, luce perfectamente recortado.

     A sus treinta y seis años, Luis no usa lentes de sol. Luce sonriente y camina con firmeza en el empedrado. Conoce el rumbo. Sabe que el asfalto es diferente cada cincuenta metros. Tiene medida la profundidad y circunferencia promedio de cada bache. Acierta cada vez que el semáforo se pone en rojo y sabe que estos se descomponen durante el temporal de lluvias. Entiende que en el centro de la ciudad las rampas no se respetan y que, en teoría, el peatón tiene la preferencia, pero, en la práctica, su manera de esquivar es lo que aún lo mantiene en pie.

     Es un diestro voceador. Tan diestro que durante más de catorce años ha logrado asombrar a propios y extraños que lo han visto torear, a ciegas, cualquier vehículo motorizado con tal de llevar un periódico a las manos del lector.

     En las mañanas, su uniforme fosforescente lo destaca del resto de aquellos que venden palabras al aire en el cruce de Avenida Patria y Ávila Camacho. Su trabajo consiste en desplazarse de un lado a otro, alzando con su mano izquierda un par de rotativos en tanto canta la nota del día, esa que aparece en primera plana. Su otra mano se encarga de sujetar el clásico bastón blanco tradicional para los demás invidentes, que él ha pintado de rojo.

     Es el decimocuarto bastón que compra. Sabe que no será el último, pues aunque en estos tiempos modernos los hagan de acero inoxidable, nada es demasiado resistente para aquel que vive a oscuras y tropieza de vez en cuando. 

     Este sábado, su bastón se encuentra guardado. Su mano lo ha remplazado ahora por una Coca-Cola que sostiene con empeño mientras aguarda sentado a que la grabadora de voz encienda. Sus pasos nos han llevado hasta el área de comida rápida dentro de Plaza Patria, un pequeño centro comercial.

     En el interior de esa plaza, adultos y niños fruncen el ceño y cruzan miradas conforme ven llegar a aquel de ojos cerrados. Luis gira su cabeza pintada por unas cuantas canas, de un lado a otro como si tratase de leer el sonido. Acierta:

     . — No te preocupesestoy acostumbrado a las miradas incómodasPero si cierras los ojos al igual que yo, entenderás que no me afecta.

     El ruido externo se convierte en silencio. El sonido de charolas, murmullos y rechinar de las sillas de madera quedan acallados por un instante. Luis permanece sentado, casi inmóvil, con su espalda perfectamente recta y ajustada a la silla. Parece un muñeco de porcelana. Sin dejar de sonreír suelta su Coca Cola, junta las manos y entrelaza los dedos, está listo para cualquier pregunta.

     Sabe que en los últimos cinco años se ha convertido en nota. Diversos medios sensacionalistas lo han buscado para vender su historia. Sin embargo, sólo él sabe cuánto duele echar a volar la memoria y revivir las heridas. Uno lo percibe en sus apagados párpados que disfraza con una sonrisa torcida.

     Quizá Luis ha contado más de un centenar de veces la causa de su ceguera. Pero con el tiempo, dice, ha sabido perdonar la mano de aquella mujer; a la que jamás llamó “madre”. No culpa más la indiferencia de su padre, ni la burla de sus once hermanos. Ha aprendido a vivir con la soledad, su compañera, a la que conoce bien y con la única con la que le basta.

     Dobla y desdobla el popote de su refresco mientras habla del DIF, de su paso por el Hospicio Cabañas, de sus aventuras por la secundaria y la dificultad de someterse siempre a exámenes orales durante la preparatoria. Habla del azul, rojo y amarillo, colores con los que está familiarizado pero que, hace mucho tiempo,  se convirtieron tan sólo en percepciones.  

     . — Puede sonar como que la tragedia me persigue, pero he aprendido a sacarle jugo y a darme cuenta que esta es ahora lo que me da de comer. Mi trabajo, irónicamente, consisten en convencer que se compren historias trágicas y, entre mejor sea el chisme, mejores son las ventas, por lo tanto mejor será mi comisión, ¡y mis comidas!

     Ríe un poco, burlándose de su afortunada desgracia.



  A las seis de la tarde, Luis recuerda el día en que los periódicos le faltaron. Narra aquel día en que vendió doscientos en menos de siete horas. Fue un día después de las explosiones del 22 de abril de 1992, cuando la ciudad se paralizó luego del estallido en el barrio de Analco, que dejó las calles del Sector Reforma devastadas y a víctimas mortales dispersas.

     Su trabajo le apasiona. Se nota en su tono de voz que se enciende cuando explica que su primer periódico, El Sol de Guadalajara, lo vendió cuando él tenía quince años. Época en la que predominaban los viejos pesos.

     Confiesa que no sabe reconocer la denominación de los nuevos billetes plastificados, pero las monedas, esas sí las reconoce de inmediato. Para demostrarlo, saca de su apretada cartera negra tres monedas de un peso, dos y cinco. Me muestra los diferentes bordes de cada una y compara su tamaño. Si cierro los ojos me parece que no hay diferencia alguna entre una textura y otra, pero él las diferencía por el grabado.

     El frío ha comenzado a acariciar. El voceador de bastón rojo lo ignora, discreto se quita su chamarra gris, entre dejando ver un poco más el color de su piel tostada. No le molesta que el sol haya robado su blancura a cambio de un par de pesos. Tampoco le importa que el sonido de los cláxones lo ensordezcan poco a poco. Dice que: “Lo único que importa, es agradecer a su suerte jamás haber estado bajo las llantas de un camión”.

     Algunos podrían pensar que torear carros no es parte del trabajo, pero “el que no arriesga no gana”, exclama ese joven moreno que agudiza el contorno de sus ojos cuando ríe.

     . — ¡Hasta eso, tengo suerte de que nunca me hayan atropellado! ¡Es más común que a ustedes los videntes los atropellen, porque no se fijan, y eso que ven! Yo sólo puedo oler el miedo pero, ¿ni modo de no trabajar?

     Trabaja todos los días de lunes a domingo, de seis de la mañana a dos y media de la tarde.  Pero sus tiempos libres los dedica a sentarse sobre el borde de su cama, y escuchar películas viejas a blanco y negro. Se imagina extravagantes a Cantinflas, María Félix y Jorge Negrete. No le gustan las películas del Santo ni la música de banda. Prefiere a QueenBoney M y Pinkfloyd.

     Pero hay algo que le gusta mucho más que las películas del cine mexicano y la música de los 80’s. Su nombre es Fabiola, su primera y última novia. Luis levanta las cejas y pretende no evidenciar una sonrisa cuando pronuncia su nombre. Dibuja un resplandor en su rostro cada que habla del olor, entre jazmín y lavanda, que desprendía el cabello chino de aquella mujer que se escuchaba bajita, como de un metro cincuenta. Él quería que fuera su esposa, para escuchar juntos los grillos por la noche y los pájaros por la mañana. Pero ella salió embarazada de otro hombre, se casó y él jamás la pudo volver a oler.

     Ahora, entiende que la noche ha caído y él cree que es hora de partir. El ruido de las cortinas metálicas le indica que los vendedores han comenzado a cerrar sus locales. Las voces de los compradores se alejan. Se levanta despacio de su asiento, colocando su chamarra sobre su espalda en tanto pregunta la hora. El camión que lo llevará de regreso a casa parte en veinte minutos. Luis toma al lazarillo por el hombro, camina y contempla el aroma de la obscuridad.

     Son las ocho treinta y cinco. Su camión se acerca. Lo reconoce desde lejos. Es un camión de la ruta veintidós, que a diferencia de muchos otros autobuses, lleva el motor en la parte trasera y, además, se mezcla con aquel inconfundible ruido de la destartalada llanta delantera.

     Luis sube despacio y voltea sonriente. Mueve su mano izquierda de un lado a otro, y desde el segundo escalón de su transporte grita con entusiasmo: “Nos vemos”.

 

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