Redacción A7 Written by  Sep 17, 2014 - 41 Visitas

Y usted, ¿a qué fue al desfile?

“¡Córranle, que ya va a empezar!” Desesperadas, las madres de los pequeños que vestidos como algunos héroes de la Independencia, sí Miguel Hidalgo, sí José María Morelos y Pavón, sí Josefa Ortiz de Domínguez, o simplemente envueltos en los colores verde, blanco y rojo, corrían por la avenida con un nombre por demás adecuado a esa fecha: 16 de Septiembre.

      Era el aniversario 204 de la gesta de Independencia. Iniciado el desfile, ya no había modo de andar por las banquetas, en las manos de los infantes ondeaban banderas mexicanas en miniatura, mientras ellos, montados en los hombros de sus padres, veían con cierto entusiasmo y admiración a más de mil uniformados marchando al compás de un paso redoblado, marcado con el clásico “un,  dos, un, dos”.

     “Se cae uno y tú pagas, Pancho”. Fue uno de los comentarios que murmuraron los guardias que mantenían el control de las entradas al graderío, colocado a un costado de la imponente Catedral de Guadalajara, y donde sólo los mañaneros alcanzaron un lugar. Aunque, no sólo los que se presentaron temprano obtuvieron un espacio en esa enorme estructura metálica que sirvió de palcos techados, también alcanzaron lugar los funcionarios públicos, entre ellos el gobernador de Jalisco, Aristóteles Sandoval Díaz, acompañado de su esposa Lorena, a la que una señora del público se empeñaba en llamar “¡Verónica!”, a pesar de que la propia primera dama del estado le especificaba, a viva voz, que ella era “Lorena”, y no la otra mujer a la que ella se refería.

     También hubo asientos preferenciales para los ‘juniors’ del gobierno tapatío, quienes demostraban su conocimiento de historia, describiendo a sus interlocutores los orígenes de “el putazo” en el reloj del Palacio.

     Los aviones Armani dominaron los cielos, robando la admiración de los pequeños, aunque los bomberos, acapararon la atención terrestre con sus imponentes camiones, que hacían retumbar los oídos con aturdidoras sirenas; a pesar del ruido, la Banda de Guerra no dejaba de tocar la Marcha de Zacatecas, la cual, estoy segura de ello, para muchos de los presentes representó en su infancia el término de su recreo escolar.

     Las mujeres que desfilaron, daban una impresión de firmeza acentuada por el ritmo de sus zapatos de tacón, aunque éstos no sobrepasaban los ocho centímetros de altura, y que parecían no causarles daño alguno, aunque los “curitas”, banditas adhesivas, a medio pegar en sus talones, revelaban lo contrario. Ellas, erguidas, proseguían manteniendo filas marcando en horizontal una línea negra.

     El sol golpeaba a las 11:10 horas, pero no bajaba los ánimos que mantenían a las personas ahí, las que con hambre esperaban que finalizara ese desfile, aún repleto de elementos oficiales de distintas corporaciones, quienes sin falta, ese día se presentaron para lucir y portar sus uniformes con orgullo.

     “¡Pobrecito caballo!” Fue el grito ensordecedor que exclamó una mujer, que por poco y se atraganta con los churritos que devoraba, al ver que uno de los equinos resbaló y parecía que caería sobre el concreto que baña la calle. Por el jinete, nadie mostró la menor preocupación.

     La parada militar terminó entre aplausos y gritos de júbilo, permitiendo a los asistentes dirigirse hasta Plaza de la Liberación, para comer algo del variado surtido de antojitos que diversos puestos ahí estaban instalados. Algunos, en ese camino, se toparon con un obstáculo, los más de seis guardaespaldas de Aristóteles Sandoval que entorpecían el camino para ir a disfrutar de los típicos platillos mexicanos.

     “¡Qué guapo es este gobernador!”, exclamaron dos damas que lo observaban coquetas, “¿Son de aquí?”, me permití preguntarles. “No, somos de Sonora… ¡Uy!, este gobernador sí se ve carismático, ojalá y no sea como el de allá”. Lo miraban como si fuera un rey mientras, él, se tomaba selfies con el público presente. Nuevamente pregunté “¿por qué?”, intuyendo que sería por la contaminación del río en su estado. Sus rostros hicieron un gesto de desagrado. “¡Ah!, es que estamos enojadas, por lo del agua”. Un enorme policía estatal volvió a figurar en su semblante una sonrisa.

     Entre tanto, los niños disfrutaban de su día sin clases, comiendo y bebiendo cuanta “chuchería” les compraban para complacer sus antojos: algodones de azúcar, manzanas acarameladas, ‘tostilocos’, aguas frescas, pan con mensajes dirigidos a la suegra o al marido, como “con veneno para mi suegra”, “pa’ que se muera mi marido”; ellos, de igual forma los comían, quizá sin saber, como yo: “¿en dónde les cabía tanta gusguera?”

     Al finalizar ese desfile percibí un olor a carbón, era el que calentaba los alimentos de miles de visitantes que ahí vieron el color de la patria, no sólo en los vestidos, las decoraciones de los edificios, sino también en la comida; porque además ahí, se olía el verde del cilantro y los chiles, el blanco de la cebolla y el rojo de los jitomates, complementando en forma de salsas los típicos tacos mexicanos.

     No sólo fue un día de puente, sin clases, para la celebración número 204 de la Independencia de un país entero, también fue un motivo de convivencia entre adultos y menores que abarrotaron la avenida 16 de Septiembre para ver el desfile y, de pasadita como no pocas mujeres, para echarle piropos al gobernador.

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