Guillermo Flores, Andres Rodríguez, Roberto García, Sofía Quezada, Macarena Camardo, Fernanda Aguilar ESCRITO POR  Guillermo Flores, Andres Rodríguez, Roberto García, Sofía Quezada, Macarena Camardo, Fernanda Aguilar Sep 05, 2014 - 53 Visitas

Seis de luchas

El director del colegio Albert Einstein se colgó de la reja de alambre para regañar a través de ella: “¡Chinga tu madre! ¡Tu mamá es mi puta!”

      No era personal, sino contra cualquiera que se le cruzara. Cuando gritaba las ofensas desenfrenadas, el profesor de 41 años ponía una cara de ira que no combinaba con el nombre grabado en la espalda de su camiseta: “El Dire”. Lo será en su escuela. Aquí, en la Arena Coliseo de Guadalajara, es uno de los líderes de la “1000 % pobre” que sin descanso y uniformada con playeras azul marino, se dedica a disparar albures contra sus rivales.

     Sus rivales son los ricos, los que pudieron pagar 30 pesos para ocupar los asientos más cercanos al ring.

     Aquí no hay caballerosidad. Hombres y mujeres, incluyendo niños y jóvenes, se tiran ofensas con alfabetismo creativo. Mientras en el ring se libra una batalla entre gladiadores enmascarados para complacer a sus aficionados, el público enfrenta una imaginaria, absurda y cínica guerra de clases y personalidades.

     En ese martes de glamour, en su propia casa los héroes del entretenimiento no son los enmascarados de testosterona, sino los otros, las espectadores. No es coraje, sino risa lo que provocan, porque todos saben que esto es parte del show.

     Eran alrededor de las ocho y media de la noche. Caminaba por la calle Medrano del antiquísimo barrio de Analco en Guadalajara. La oscuridad tensaba mis sentidos, la única iluminación provenía de una esquina: la de la Coliseo. Esa arena recibe a sus visitantes con banquetas decoradas con bolsas de basura, periódico de varios días y neumáticos abandonados. Con olores a orines y mierda. Con la seriedad de casas descuidadas y murales graffiteados con imágenes de luchadores.

     Aquella noche la Coliseo era custodiada por una treintena de policías que controlaban la entrada de familias y grupos de amigos. Una de las paredes del recinto está condecorada con cuadros en memoria de luchadores legendarios, que años atrás pisaron este edificio, el cual abrió sus puertas el 21 de junio de 1959 con una pelea entre Blue Demon y El Espectro. Los siguientes años sería visitada por personalidades de la farándula y la política mexicana. Lo más nuevo de la pared es el dibujo gigante de la representación sátira de El Santo y la Tetona Mendoza, que fue pintado por los moneros Jis y Trino, cuando el edificio cumplió 50 años.

     Cuando compré mi boleto para ver la lucha libre en vivo, no me imaginé que estaba comprando un boleto para una guerra de majaderías en la que participaría apenas entrara. Ignorante, compré un boleto de balcón en 75 pesos, el más económico, sin conocer las reglas: quienes compran boletos de 100 pesos o más para el área de las sillas, son los considerados “ricos”. Los que compran para el balcón, son los “pobres”. Inconscientemente había elegido un bando.

     A los 30 minutos, en la oscuridad de las gradas de cemento del balcón ya estaba mentando madres en contra de los ricos, “los de abajo”, al lado de un grupo de hombres uniformados con playeras azul marino que defendían el lema escrito en la espalda de sus playeras: “1000% pobre no es suerte, es un don de Dios”.

     Las groserías resonaban como metralletas y las heridas sonaban a carcajadas mientras los enmascarados salían detrás de una pantalla gigante, donde eran proyectados en zoom durante su camino al cuadrilátero, entre alabanzas y abucheos.

     Las cosas son así: cuando en la Arena Coliseo empieza la pelea entre luchadores, entre el público comienza otro conflicto. Este le quita el protagonismo a la lucha.



Fue en una de esas batallas como conocí al hombre de pelo gris y tez morena pegado a la reja aventando madres, con su camiseta de los “1000% pobres”. Era “Dire”, acompañado de su pareja, la “Maistra”, quien levantaba sus dedos medios contra sus contrincantes, los ricos. Al igual que el “Dire” y la “Maistra”, cada integrante tiene un apodo.

     En el interior de esa máquina activa de majaderías que es el “Dire” se encuentra Alberto Gutiérrez Martín del Campo, licenciado en administración de empresas que se convirtió en maestro para honrar la memoria de su padre. Fue una decisión que tomó en el velorio de su progenitor, cuando su tía, directora de una primaria, lo invitó a dar clases.

     Años más tarde el “Dire” fundó su propio colegio, el Albert Einstein, en Tlajomulco de Zúñiga. La ocupación le dio el alter ego. En la Coliseo sigue siendo el “Dire”, el que lleva dentro un “hijito de la chingada”, al cual deja salir en el edificio que mandó construir Salvador Lutteroth, el padre de la lucha libre en México.

     . — “¿Cómo es que un director de un colegio llegó a formar parte de una porra que se dedica a aventar madres?” — Pregunté.

     . — Los maestros de la primaria donde yo trabajaba me invitaron una noche y me gustó. En la siguiente lucha ellos ya no volvieron, pero yo sí. Luego conocí a la porra de los “1000% pobre”, de la cual formo parte desde hace cuatro años.

     . — ¿Se considera pobre?

     . — No, para nada. Desde mi punto de vista la porra está conformada por personas exitosas, porque hay maestros, productores e ingenieros. Todos tenemos una profesión o hasta un negocio.

     . — ¿Y cuál es el chiste de estar ofendiendo a personas que no conoce?

     . — Desestresarme. Sacar todo lo malo que tengo dentro; mi lado oscuro, pero también lo hago para expresar mi inconformidad en contra el bullying y la diferencia de clases. Es un refugio donde dejo a un lado a la persona ejemplar que para mi familia trato ser, y soltar el vago majadero que también soy. Me he llegado topar con los padres de mis alumnos y siento algo de vergüenza, porque lo más seguro es que digan: “Mira, es el director del colegio donde llevo a mi hijo”. Pero así es esto. Nosotros somos parte del show al igual que los luchadores.


Salomón Gutiérrez pudo haber sido “El Hombre Rana”, pero se convirtió en “Gepetto”.

     . — De chico yo jugaba futbol. Era portero y brincaba mucho. Me decían ‘La Rana’.

     Emocionado relata cómo sería él, no como portero, sino como luchador. Sonríe. Se para y pone las manos como si fuera a brincar desde la tercera cuerda. Ya se vio.

     Él nació en Tuxpan, Jalisco. A los siete de edad no se perdía ni una función de lucha libre. “¡Cuál arena, ni qué nada!”, explica. En sus tierras no había un lugar para ver las luchas. Se montaba un ring en un cine.

     . — Yo veía al Médico Asesino, a Lalo el Exótico, a Blue Demon, al Santo. Me gustaba coleccionar sus cartitas.

     Un día la tercera cuerda quedó en puros sueños.

     A sus 66 años de vida trabaja en un almacén donde rentan vajillas, mesas y sillas para festejos. Ahí me recibe sudoroso, exhausto, jadeante por la carga de sillas y mesas.

     . — Hace seis años llamé a una estación de radio donde rifaban boletos para la lucha libre y gané. Fui a la parte de arriba, con la porra 1000 % Pobres. Como me gusta el relajo ahí me quedé.

     Desde entonces Salomón va cada martes a ver ese espectáculo. Emocionado, explica por qué disfruta la lucha libre.

     . — Es un arte, se necesita técnica, saber combinar y es un peligro ser luchador.

     Ahí, en su empleo, donde la única lucha es contra las sillas, poco a poco se mueve más. Pareciera que va a derribarme con una llave clásica.

     . — Ya ni pago. Sólo llamo a la radio. Y en la Coliseo ya me conocen, me dejan entrar, porque la lucha libre es un show que también hacemos los espectadores.

     En la Arena Coliseo lo llaman “Gepetto”.

Al comprar un boleto para las gradas, nadie explica que realmente se pagan 75 pesos —en la localidad más barata—, más que para ver las luchas, para echar desmadre.

    “Ser 1000% pobre no es suerte, es un don de Dios”, se lee en las playeras negras que venden afuera de la Arena Coliseo de Guadalajara.

    La calle Medrano, entre  Revolución y la Calzada Independencia, aloja el recinto donde los héroes del México popular se enfrentan y entretienen a las masas.

    Desde los años cincuenta del siglo XX, la lucha libre entró definitivamente en el corazón del pueblo. La Arena Coliseo de Guadalajara ha sido sede de encuentros vibrantes, además de haber recibido a los mejores luchadores que ha tenido este deporte: SantoBlue DemonCavernario GalindoCien CarasMil Máscaras, y otros grandes que derramaron su sudor en este recinto.

    Pero no sólo ellos. Fuera del cuadrilátero también se vive una lucha encarnizada entre “la Porra del Balcón”, ubicada en la parte superior de la arena, y  los aficionados de la parte baja.

    “¡Voto por voto, casilla por casilla, chinguen a su madre los de las sillas!”,  grita la porra de arriba.

    “¡Su puta madre! ¡Su puta madre!”, responden los de la porra de abajo.



Según la tradición, las butacas ubicadas alrededor del cuadrilátero reciben a los aficionados adinerados, los que prefieren la comodidad y son más educados. Incluso, en los últimos años se puede observar ahí a extranjeros jóvenes disfrutando del espectáculo de los guerreros voladores.

    Para ellos también hay porra: “¡Güero, güerito, a ti te gusta el pito!”.

    La parte alta alberga al “proletariado”. Está hecha de gradas de cemento frío y una malla que incomoda la vista.

    Cada función se erigen nuevos protagonistas de las luchas del público: “Osama Bin Laden”, proyectado en un gordo con larga barba y una camiseta polo naranja; “Kawachi”, un hombre de camisa abierta y barba de tres días; “Wasausky”, otro gordo vestido con una playera verde limón, le quitan el protagonismo a enmascarados.

    En esta lucha, la de carrilla y gritos, la cerveza es un elemento clave. 60 pesos por un vaso con doble porción, es una inversión bien hecha. 

    La lucha libre es el escape de la vida cotidiana. Es un momento donde el empresario deja la formalidad para integrarse al ambiente. Es el espacio en el cual los padres permiten que sus hijos echen madres. Es uno de los muchos espectáculos que dan color al folclor mexicano.

En su trabajo no puede revelar su nombre real. Sinaí, como se hace llamar, tiene seis meses trabajando en la pasarela de la lucha libre, el pasillo por donde salen a los enmascarados al ring que debe acompañar. También trabaja en su propio pasillo. Ella baila en un table dance desde hace tres años. Pero ese no es su orgullo, sino otro, mucho más infantil: a sus 23 años afirma haberse besado con más luchadores que cualquiera.

    Hace seis meses que Sinaí es edecán en la Arena Coliseo de Guadalajara. Se enteró del empleo por un anuncio que pusieron en el centro nocturno donde trabaja.

    Siempre le han gustado las luchas. Le gustaban desde chica, cuando iba a verlas con su papá. Pero siempre lo que más le gustó de las luchas fue los luchadores, dice con cierto descaro.

    . — ¿Qué es lo que te gusta de tu trabajo? —Pregunto.

    . — Me gusta cómo me hace sentir. En la pasarela me chiflan, me gritan lo que quieren. Me divierto. Me doy a conocer aunque puede ser malo, porque muchas veces te catalogan de otra cosa en la calle. Pero mientras sea feliz...

    Su trabajo en la pasarela de la Coliseo consiste en escoltar a los luchadores de los camerinos al ring, todos los martes y domingos. La única regla que debe seguir ahí es “no ir muy escotada ni enseñar mucha nalga, por respeto a los niños presentes”. Pero las reglas se hicieron para romperse.



Aunque su empleo la expone, relata que nomás ha tenido una mala experiencia: Hace unas semanas, saliendo del trabajo, unos borrachos nos empezaron a gritar a mí y a mis compañeras “putas” y nos lanzaron botes de cerveza. Por eso nos hacemos amigas de los luchadores. Ellos nos cuidan.

    . — ¿Alguna enemistad en el trabajo?

    . — ¡Cómo no, con las luchadoras!

    En la humilde opinión de Sinaí, las luchadoras se ponen celosas porque las de la pasarela llaman más la atención del público masculino y de los luchadores. Son más combativas.

    . — Que alguien te conozca como persona en este trabajo, es difícil. Por eso nos llevamos tan bien con los luchadores. Ellos nos tratan más seguido. Nos conocen a fondo.

    Ellas también los conocen. Detrás de las máscaras brillantes, los técnicos —y hasta los rudos— son muy cariñosos con las de la pasarela. “Nos invitan a salir para festejar su victoria y de ahí aprovechamos estar en confianza para ir más allá”.

    Sinaí blofea que con los luchadores tiene relaciones casuales, de una o dos noches, nunca algo estable. Como son con ella, son con todas. ¿Cómo? “Fuertes, amigables, protectores”. Sinaí tiene la esperanza de que esta semana algún enmascarado festeje. Sinaí sabe que va de lucha en lucha, de beso en beso.

“Deja de mover el pie”, piensa Alejandra cuando se percata de que el golpeteo es evidente. “Respira, respira, respira”. Alejandra toma el brazo del joven que tiene a su lado. Busca un ancla para permanecer, para no perder el control. “Control”, se recuerda.

      Alejandra es una joven que al ojo ajeno no despierta ninguna sospecha del pandemónium que echa chispas en su cabeza.

     Lo que el público de la Arena Coliseo no sabe es que ese Martes de Glamour,las luchas no son sólo entre los del cuadrilátero ni entre los espectadores. Hay una tercera lucha esta noche. Es más silenciosa y más violenta. Rebasa cualquier llave que un enmascarado aplica, y cualquier tipo de ingeniosa vulgaridad que uno del público le grita al otro.

     Alejandra tenía previsto venir hacía varias semanas y desde ese entonces la ansiedad no la ha abandonado.

     Hace rato llegó a la humilde y angosta calle Medrano, en el corazón de Guadalajara. Como por arte de magia surgió de la nada la Arena Coliseo. Las butacas que rodean al cuadrilátero, en la parte de abajo, y antiguas gradas de concreto, arriba, están separadas por un alambrado de gallinero. Este paisaje aguarda a la joven, tras la alta fachada azul de la Coliseo que se impone a las sencillas casas alrededor.

     Antes de entrar, Alejandra caminó hacia el edificio con aparente calma. Pero de calma no había ni una letra. Paso a paso rogaba que sus piernas no le fallaran; que lograra mantener el control.

     El olor a orines y la basura les dieron bienvenida a ella y su pareja hace un rato. Aquí estaba también un grupo de colegas a los que esta noche debe ocultarles su ansiedad.  

     Son pasadas las ocho de la noche. En la entrada de la arena, los espectadores se alistan para hacer uso del más amplio repertorio de vulgaridades ingeniosamente diseñadas, mientras pasan por el pobre cateo de un guardia.

     Alejandra suponía que el cateo sucedería. Tantos años viviendo con ansiedad la han entrenado para estas situaciones. Ella no trae bolsas; sólo un monedero donde guarda un par de billetes que envuelven cuatro tabletas de Tafil, su medicamento psiquiátrico de cabecera. “Mantén la mirada en un punto fijo y respira. No olvides respirar”, piensa ella cuando una policía con cara de palo recorre su cuerpo.



    “Ser 1000% pobre no es pecado, es un don de Dios”, lee Alejandra en las playeras negras que, supone, distinguen a un grupo los fieles a las luchas.

     Poco le importan los “1000% pobres”. Poco le importa también el calculado forcejeo del cuadrilátero. Lo único que le importa es mantener el control, verse relajada y sonriente para no despertar suspicacias. Con el tiempo ha aprendido incluso a reír ante situaciones chistosas o hacer gestos y comentarios para ocasión. Pero esta noche no hay espacio en su mente para otra cosa que no sea mantener el control.

     Tan absorta está en su sentimiento de ahogo que apenas se dio cuenta cuando un grupo de hombres detrás de ella le comienzan a gritar “¡Pechugona!”. Se recoge el escote en un movimiento de reflejo y toma con fuerza el brazo a su pareja. “¡No corras, no corras, no corras!”, se repite en silencio. El mundo se le viene encima.

     No sabe a qué horas se puso junto a ella el viejo de cabello blanco y peculiar entusiasmo que viene a pedirle que lo bese en el cachete. El viejo la mira con picardía evidente. Los “1000% pobres” esparcen el aullido: “¡Be-so! ¡Be-so!”. El acto dura uno segundos. La mirada de la pareja de Alejandra hace que el rabo verde se vaya a molestar a otra.

     Alejandra deposita dos pastillas en su boca ganosa. Apenas antes de entrar a la Coliseo se había tomado otras dos. Su misión de pasar desapercibida falló.

     “Una cerveza estaría bien, ¿no?”, le suplica al hombre sentado a su lado. La cerveza la ayudará a adormecer el pensamiento. Mientras va por la bebida, el  novio de Alejandra —un muchacho que rebasa el 1.80 m. de altura y es peculiarmente delgado— es víctima de la burla. No es culpa de él. De la Arena Coliseo nadie sale vivo. Él ríe. Alejandra también. Con la calculada risa que tanto practicó.

     Una ida al baño y una cerveza más la ayudan a pasar la noche. Que no le pregunten por las luchas. No sabría qué contestar.

En el santuario de la lucha libre en Guadalajara, el gimnasio de la Arena Coliseo, se ha formado a los más grandes luchadores de México. “Todos han pasado por estas manos”, presume José Daniel López, el “Satánico”, mientras mira sus armas blancas, como él llama a su par de manos grandes, fuertes, morenas y rudas. Dos báculos de poder.

     En el ambiente de camaradería, gemidos de dolor y buen humor de los futuros luchadores que ese miércoles entrenan, hay también rostros hambrientos de la vibración del cuadrilátero. Desde niños, muchos de ellos soñaron con llegar al ring.

     En el gimnasio es día de acrobacias, maromas y sparring. Aquí no hay “Juanes”, “Chuys” o “Pedros”. Aquí todos se hablan por sus nombres artísticos. Y cada nombre tiene su historia, como la del “Satánico”.

     Alto, robusto, moreno de fuego, vestido como con ropa de entrenar —camiseta grande y pantalones holgados negros—, el “Satánico” no pierde detalle del entrenamiento de sus alumnos, hasta que suelta una frase: “Yo soy mi propio ídolo”. La dice y sus ojos brillan de orgullo.

     Enseguida me muestra fotos de su juventud. Son 32, y en cada una parece que hay una historia increíble, y que siempre parece ser mejor que la anterior. “¡Juventud, divino tesoro!”, suspira, mientras las ve.

     Colgadas de la pared están las 32 veces que ganó los cuatro títulos mundiales que existen en la lucha libre. Es tal la emoción que sale de la voz del héroe cuando relata cada historia, que uno puede saborear cada momento, como si estuviera viviéndolo en la piel del “Satánico”.

     Siempre fue rudo. Un antihéroe toda su vida. Él, a quien tanto gustan los héroes.



. — Me declaro completo fanático de James Bond. Fue de la película 007 Contra el Satánico Doctor No, que vi en el cine Reforma, donde… ¡Es que el Doctor Satánico quería ser el amo del mundo! Yo pensaba ¿por qué no ser el amo de la lucha libre? Y elegí ‘Satánico’ por nombre.

     Fue “Satánico”. Ahora es entrenador oficial, de los mejores del Consejo Mundial de Lucha Libre y, por si fuera poco, un luchador activo con 46 años de carrera y 65 de vida. Está poco pasado de kilos, pero su aspecto es quince años más joven.

     Tiene fama de haber destrozado a decenas de luchadores, arrebatándoles máscaras y mochándoles cabelleras.

     . — Nunca me quedé con ganas de nada. Ahora, estar en los entrenamientos es también increíble. Ver nacer a las futuras estrellas. Siempre les repito: ‘respeto a la profesión, a sí mismos y al público’. Y: ‘si llegan a ser profesionales y Dios les concede ser estelares, entre más famosos y más arriba lleguen, más humildes deben ser’.

     José Daniel López creció en los años sesenta, cuando la televisión era en blanco y negro. Junto con sus hermanos, era fanático de las luchas. Cuando él tenía nueve años le pagaba 20 centavos a la vecina para poder verlas en la televisión, pues muy poca gente tenía un televisor. Fue entonces cuando el “Satánico” se apasionó por las llaves y los trancazos.

     En esa época su ídolo era el “Santo”, la sensación más grande de la televisión mexicana, y con quien años después tuvo su primer enfrentamiento, cara a cara.

     . — Cinco ocasiones en mi vida lo tuve frente a mí ¡Mi más grande ídolo de la pantalla salió y ahora estaba luchando contra él! No lo podía creer. La arena de Reynosa estaba a reventar. La gente gritaba enfurecida. Fue un shock. Mi mente se trasladó a la pantalla y yo mismo me decía: ‘no puedes luchar contra él’, ¡Es el Santo! Me soltó el primer rodillazo, desperté y comencé a luchar.

     Y así lo hizo durante varios decenios. “Cada uno de nosotros está predestinado, yo tenía el sello de ser un luchador”.

 

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