Redacción A7 Written by  Aug 29, 2017 - 65 Visitas

Crónica de un borracho sin destinatario

La razón de su delirio tiene nombre de detergente: Rosita. Pero eso es lo de menos ahora, que ya casi no se acuerda de ella.

“¡Ah qué muchacho!
Y luego dicen que el borracho
toma vino por culpa de la mujer”.
Chava Flores

Francisco es alcohólico y obsesivo compulsivo. La razón de su delirio tiene nombre de detergente: Rosita. Cuando Francisco comenzó a beber en exceso Carlos Salinas de Gortari acababa de dejar la silla presidencial. Ya se imaginará, estimado lector, la cantidad de botellas de alcohol que nuestro personaje ha bebido.

Colonia La Calma, Zapopan, Jalisco. 16:25 horas.

Lo más fácil fue comenzar a beber —comenta Francisco—, lo más difícil, durante mucho tiempo, fue despertar. Ahora lo único que me cuesta trabajo es empedarme y vaya que lo hago bien y de buenas.

La casa de Francisco luce más limpia que alma de niño después de la primera comunión. El departamento lo ocupan unas cuantas sillas, dos sillones más viejos que un corrido de la Revolución, un tocadiscos —sí, un tocadiscos—, una cocina tan pequeña que es incómoda de ver, un refrigerador, dos cuartos, pulcritud por todos lados y, por supuesto, el suministro necesario: whiskey, tequila, algo de ron blanco y tabaco para forjar.

Nuestro personaje es, sin duda, y como él afirma “un borracho con clase”. Jamás ha pedido ayuda a gente que trata con alcohólicos. Argumenta que no lo necesita. “Si nosotros, los alcohólicos, les importáramos de verdad nos dejarían beber tranquilos”. Francisco bebe hasta olvidarse de sí mismo, tanto que no recuerda cuándo fue la última vez que vio a Rosita, su mujer. La mujer con nombre de detergente que se fue con su primo Armando, el hijo del hermano de la madre de Francisco.

¿Qué es ser un borracho empedernido?

En la medida de lo posible, estimado lector, detenga sus actividades, sírvase un whiskey y lea esta parte en voz alta. Francisco fue fanático de Julio Cortázar hasta antes de su matrimonio con Rosita. Es un contador público que trabaja en una oficina de correos archivando cartas sin destinatario. “Mi trabajo es sencillo —dice Francisco—, me encargo de dividir por fechas las cartas, sobres y paquetes que van dirigidos a nadie; o sea, que tienen un destino pero no un destinatario. Esas son las que se entregan al último por políticas de la oficina. Lo más divertido de mi trabajo es justo antes de llegar a casa. Siempre me pongo nervioso antes de abrir la puerta”.

Sonríe y me ofrece otro vaso de whiskey. Ser un borracho con clase no es lo mismo que ser un borracho empedernido, afirma él. Ser un borracho empedernido es tener un destinatario y no un destino, en cambio ser un borracho con clase es saber el destino pero ya casi no acordarte del motivo: “Yo ya ni me acuerdo de Rosita”.

—¿Por qué tengo que limpiarme la suela de los zapatos con cloro antes de entrar? —le pregunto.

—Una de las cosas que más disfruto de la “peda” es beber hasta no saber de mí. Perder completamente el conocimiento y despertar tirado en algún lugar de la casa. A veces despierto en el sillón pero casi siempre despierto en el suelo, al lado de mi cama.

La torre de departamentos donde vive Francisco es de color mostaza. Su departamento está en planta baja. Antes de entrar hay que limpiarse la suela de los zapatos con tantito cloro, que Francisco echa al piso. Las visitas brincan sobre el cloro, que está en el cemento roto y quemado por la versión casera del elemento atómico número 17. Una vez limpias las suelas se secan en un tapete negro que Francisco cambia cada semana. Es mejor cambiar el tapete cada semana “pa’ seguir estrenando”, asegura nuestro personaje. “Aquí el negocio es mantener limpia la casa, si no, le pierdo”.

—Pero ¿qué pierdes? —pregunto, ansioso.

—Pues la dignidad, muchacho, se me ensucia el changarro, —asegura Francisco, a punto de reír.

Entonces, acaso ¿el borracho empedernido es quien no tiene remedio, mientras que el borracho con clase puede salvar la dignidad y perder la consciencia?

El único librero en el departamento de Francisco está limpio. Los vidrios están limpios. Las cortinas blancas brillan como brillaron las palomas blancas que soltó el papa Francisco, su tocayo, en el Vaticano. El espejo del baño es viejo pero limpio, igual que Francisco: viejo pero limpio. En todo el sitio sólo se percibe un olor a Pinol y a whiskey.

“A mis 44 años no encuentro una razón para salir de la rutina. Bebo entre semana y descanso los domingos. Es que me tengo que ayudar de alguna forma pa' curar las penas, muchacho. Hace varios años que sigo en las mismas y no pienso moverme de aquí. Como te digo: ya casi no me acuerdo de Rosita y pa’ lo que vivo es pa' mi chamba; no te miento, me gusta. Las muchachas nuevas cada vez están mejor”, asegura Francisco mientras se sirve otro vaso de whiskey.

Francisco es alcohólico y obsesivo compulsivo. Francisco es elegante; durante el día no se despeina. Rosita lo dejó por su primo hermano, y desde entonces bebe, limpia y acomoda cartas sin destinatario en la oficina de correos del sur de la ciudad. Dice que tiene un hijo con Rosita. Francisco escucha diario al Piporro y a Ramón Ayala. Su cantina favorita es La Alemana, la que está en Miguel Blanco, casi 16 de septiembre, en el centro de Guadalajara.

“Mi hermana, la menor, me invitó a Navolato, Sinaloa pa' que conozca a mi sobrino. Lleva dos años intentando llevarme pa’llá. Pero como te decía, muchacho, a mis 44 años no encuentro una razón pa' salir de la rutina”.

Colonia La Calma, Zapopan, Jalisco. 20:34 horas.

Francisco y yo estrechamos las manos y salimos juntos del departamento. Caminamos sobre el empedrado del estacionamiento y nos despedimos. Enciendo el carro y noto, a lo lejos, en la entrada de su departamento a nuestro personaje, Francisco, el borracho, tirando un poco de cloro al piso —roto y quemado por la versión casera del elemento atómico número 17—, para limpiarse la suela de los zapatos.

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