Redacción A7 Written by  Aug 14, 2014 - 138 Visitas

La más horrenda sorpresa

Dolorida ella revive  cómo, al abrir aquella puerta, cual si fuera la visión de un fantasmagórico espíritu, miró flotando a la menor de sus hijas colgada del alto tragaluz del techo. En calidad de suicida. Con sus ojos todavía abiertos. Como si a través de esa, su ya casi ausente mirada, quisiera expresar un mudo y enigmático adiós antes de cruzar la frontera del más allá.

       Cualquier otra situación hubiera sido preferible a aquella horripilante escena. Sí.  Literalmente. Porque ninguna monstruosidad la habría impactado tanto como esa casi silueta fantasmal.  La trágica imagen que ella sorpresivamente encontró al trasponer  una puerta.

       Ahora ella sabe que incluso el encuentro con su propia muerte hubiera sido menos espantoso que esa cruel experiencia. Porque para ella eso fue algo peor que vivir su propia muerte.

       No quisiera recordar. Pero el memorioso y continuo repaso de aquella imagen está ahí. Imborrable en su mente. Volviendo imaginariamente a reaparecer frente a sus ojos, una y otra vez, como el más sombrío de todos los sucesos. Es un recuerdo que ella sabe perpetuado en su memoria por el resto de sus días.

       Todo lo que ocurrió después fue una sucesión de atropellados hechos confusos. El grito espeluznante contenido dentro del pecho, mismo que no pudo articular sonoramente y quedó atrancado en media garganta. La desaforada salida de aquella estancia para ir a buscar alguna ayuda. El sentirse en medio de una vorágine de impotente desesperación.

       No supo cómo logró llamar a sus otras dos hijas. Ni a su actual pareja. Ni cómo llegaría luego el auxilio de otros dos vecinos. Apenas logra asociar los esfuerzos de aquellos tres hombres intentando descender hasta el piso firme aquel femenino y joven cuerpo suicida. Fueron instantes dilatados donde nadie lograba encontrar a la mano unas tijeras o un cuchillo. Como si por mala suerte cualquier instrumento filoso hubiera desaparecido del entorno inmediato. ¡Y los malditos lazos plásticos de tendedero que seguían implacables asfixiando la vida de su hija!

       Cuando finalmente lograron bajar aquel exangüe organismo, los instantes parecieron adquirir una velocidad instigada. Su hija mayor, médica de profesión, —durante el corto trecho que hicieron para llegar a la estacionada camioneta Lobo en la que irían hasta el puesto de socorros más próximo—, auscultaba los signos vitales de su hermana; sólo para constatar con desaliento que estos estaban casi desaparecidos.

       Un carril del Macrobús de la Calzada Independencia fue, en sentido contrario, el camino elegido para arribar a toda velocidad a la Cruz Roja. Durante todo el trayecto, a manera de improvisada sirena, hicieron sonar constantemente el fuerte claxon mientras, de pie y arriba de la caja de la pick up, alguna de las acompañantes iba exclamando repetidamente y a todo pulmón una sola palabra: “¡Emergencia, emergencia, emergencia!

       A nadie de quienes iban a bordo de aquel vehículo pudo importar cualquier semáforo en rojo, o el apretado tráfico, o la molesta estupefacción de los otros automovilistas; mucho menos la existente prohibición vial de dar vuelta a la izquierda.

       Lo único significativo en ese trayecto era alcanzar a llegar al único lugar donde aquel casi cadáver podría ser revivido.

        El estruendoso arribo del vehículo no pudo ser otro sino por el lado de urgencias. Porque en verdad urgía regresar el alma desertora al interior del cuerpo de aquella jovencita. De esa hija, de esa hermana menor que apenas una semana antes había ido felizmente hasta Los Cabos para celebrar sus primeros, y fatalmente únicos, veinte años.

       "¡Desfibrilador, desfibrilador!”, fue la apresurada e imperativa voz de alerta que en la Cruz Roja resonó al colocar sobre una camilla aquel desfallecido cuerpo femenino. Al escuchar la exigencia de un resucitador cardiaco, la hija doctora supo que las esperanzas por revivir a su casi adolescente hermanita, eran bastante remotas. Sólo entonces pudo mirar fugazmente los desencajados rostros de su madre y de su otra hermana. Pero no dijo una sola palabra. Apenas sintió que su propio rostro era un mero reflejo de la desbordada angustia advertida en aquellas otras dos mujeres.

      No pudo detenerse a abrazarlas. Conteniendo sus propias lágrimas, decidió acompañar a su hermana. Aportando sus conocimientos profesionales junto a quienes entonces aplicaban ya un resucitador eléctrico sobre aquel detenido y joven corazón. Maniobras que en un principio fueron parcialmente útiles. Pero que finalmente resultaron totalmente infructuosas.

       Porque su hermana, quien estudiaba ya el segundo año de medicina porque también quería ser doctora, supo utilizar el recurso perfecto. La asfixia directa. Inmediata e infalible. Supresora de la oxigenación y, por ende, de la vida entera. Aunque en su caso, la defunción fue paulatina. El primer e irreversible ataque ahogó sus neuronas. Consiguiendo así una muerte cerebral expedita. Prosiguió luego, lentamente, el no funcionamiento de los demás órganos vitales. Estos también sucumbieron. No en la Cruz Roja. Sino pocas horas después. Luego de tres paros cardio respiratorios. En el hospital a donde alcanzara a ser trasladada y atendida en una sala de terapia intensiva. Y donde, inmersa en un desmayado estado de coma, sobrevivió por sólo veinticuatro horas más.

       Durante todo ese tiempo los doctores permitieron que su madre y sus dos hermanas acompañaran a la muriente. Ellas permanecieron ahí, junto a aquella desahuciada que ya no tenía los ojos abiertos; como cuando recién ahorcada la encontraron colgada de los travesaños de un alto tragaluz. De tal forma, sus párpados ya estaban cerrados cuando ella dio su final respiro. Dicen quienes la vieron, que de esos ocluidos ojos escapó mucho llanto. Un sinfín inexplicable de lágrimas estuvo brotando de esos ojos que nunca más volvieron a abrirse.

       Cuentan la madre y las hermanas que en esas últimas horas, cuando la suicida estuvo agonizante, constantemente le hablaron al oído. Diciendo a ella lo mucho que la amaban. Rogándole que no se muriera. Solicitando su perdón si en algo la habían dañado u ofendido. Creen que ella alcanzó a escucharlas. Que esas lágrimas al borde de su fallecimiento, en medio de la inmovilidad cerebral, fueron su silente respuesta a todas esas casi postreras muestras de cariño. Que quizá esa fue la única forma en que ella también pudo expresarles su amor. Con lágrimas instintivas. A manera de despedida ante la total inexistencia de un mensaje póstumo.

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