José Alonso Torres ESCRITO POR  José Alonso Torres Sep 22, 2014 - 46 Visitas

La balada calibre .45

Algo muy desolador está pasando en un país que se ha tenido que acostumbrar a que el traqueteo arrítmico de las balas, sea la banda sonora de la historia de la nación.

     A través de películas de charros y fiestas de pueblo, los mexicanos crecimos con los tímpanos aclimatados para escuchar los balazos que se sueltan en las celebraciones de provincia. Se ven muy lejanos los días en que los plomazos a media noche significaban que había llegado un nuevo año, o entrados en excesos, que el casorio llegaba ya a su punto máximo de fiesta.

     Una madrugada los tiros aislados desaparecieron y, en cambio, la noche comenzó a vomitar tronantes, continuas, relampagueantes, ráfagas de plomo. Los calibres aumentaron, a este país de repente le cayó la negrura encima y los festejos abrieron paso franco a los velorios.

     Los balazos dejaron de ser cosa de risa y grito jubiloso. Desde las fronteras y las tierras calientes del centro comenzó a bajar la neblina de la desdicha y el miedo. El atronador sonido de un arma se convirtió en la señal sonora de que había que tirarse de cabeza al suelo.

     ¿A qué suena hoy un disparo de calibre .45, de AK-47 y de R-15? Retumba a espanto, a dientes que crujen, a lágrimas de histeria y desesperanza. La Uzi chasquea muerte y los latidos más fuertes se infartan con las sinfonías del pavor. Del corrido Carabina 30-30 de los revolucionarios rebeldes, brincamos a las jaculatorias, al Cuerno de Chivo, al Chanate.



  Habría que reflexionar cómo se le fue perdiendo el respeto a la tragedia. Eduardo Monteverde citaba a Virgilio señalando que lo peor del horror es que terminemos acostumbrándonos a él.

     A veces sólo queda el camino del arte para enfrentar el desasosiego. La creación de un sentimiento para sustituir el abatimiento de la esperanza. No es el primero ni seguramente será el último en hacerlo, pero la obra de Pedro Reyes nos muestra que hasta los símbolos de la muerte pueden convertirse en luz de vida.

     Pedro Reyes es un artista que ha usado las armas para volverlas arte, como alegoría del triunfo del espíritu sobre el dolor. Después de que hace unos años transformó miles de armas en palas para plantar árboles, le ofrecieron utilizar seis mil 700 pistolas y metrallas decomisadas en Ciudad Juárez —ese lugar donde abundan los recitales de gritos y balas—, él decidió convertirlas en instrumentos musicales, una redención del metal creado para provocar sufrimiento.

     La idea no es nueva. Múltiples proyectos alrededor del mundo se han focalizado en transformar el armamento en piezas artísticas, como monumentos a la vida hechos de fierros que sembraron de cadáveres los caminos en donde ya no se escuchan notas alegres.

     En Mozambique, 15 artistas se dieron a la tarea de construir esculturas de armas previamente destruidas; en Phoenix Arizona, Robert Miley creó, con cuatro toneladas de fusiles y pistolas, una figura humana, llamada Release the fear, que levanta los brazos hacia el cielo; los canadienses Sandra Bromley y Wallis Kendal transformaron ocho mil armas recopiladas en todo el mundo en la instalación The gun sculpture, para reflexionar la cultura de la violencia.



 El proyecto Disarm de Pedro Reyes puede encontrarse en YouTube como  documental Vice, es una melodía mecánica que huele a pólvora, pero transpira el mensaje de que la tecnología no es mala ni buena, sino que todo depende de la persona que la utilice.

     Con armas decomisadas, Pedro Reyes construyó 50 instrumentos de todo tipo y que trinan como coro de metal que en lugar de lenguas de fuego y plomo, arroja tonos melódicos. En una nación que, sólo de Estados Unidos,  de manera ilegal recibe 253 mil armas al año, parece poca cosa; se podrían hacer casi cinco mil “orquestas” como la que construyó Pedro.

     Destello para reflexionar o ingenuidad desarmada. El mensaje está puesto para quien, literalmente, lo quiera escuchar. La armonía, representada en este caso por la música, es un pequeño oasis para aquellos que queremos compartir el pensamiento de Gandhi y creemos que la mayor arma es una plegaria muda.




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