Redacción A7 Written by  Sep 08, 2014 - 56 Visitas

Entrevista con Guillermo Osorno

Guillermo Osorno estuvo en Guadalajara, Jalisco, México. El motivo fue la presentación de su libro Tengo que morir todas las noches, publicado recientemente por Editorial Debate. Título que apenas a dos meses de su lanzamiento inicial, ha tenido enorme éxito, tanto, que ya está anunciada una segunda reedición. En Artículo Siete tuvimos la oportunidad de charlar con este importante autor mexicano, por lo que ahora, sin mayor preámbulo, ofrecemos a continuación esa entrevista.

Carmen Libertad Vera. Tenemos el privilegio de estar con Guillermo Osorno, un editor, periodista, cronista, que en sus ratos libres va con Martha Debayle a jugar “Mátamesta” y quien, además, es socio ilustre del exclusivo “Parnaso de las piernudas”. ¿Por dónde empezamos, Memo, por cuál faceta?

Guillermo  Osorno. Por la que tú decidas, Carmen.

CLV. Cuéntame, ¿qué es Tengo que morir todas las noches? Creo que es un libro que surgió del amor, desde la dedicatoria

GO. Bueno, claro, la dedicatoria es a Froylán Enciso, quien fue mi pareja durante varios años. Y fue Froylán quien forzosamente tenía que soportar, no sólo todas las ideas que yo tenía alrededor del libro, todas las dudas o vaivenes, sino que también me hizo notar que esta historia, que al principio yo pensaba contar de una manera desapegada, era en realidad una parte de mi propia historia; no quiere decir que yo todas las noches en El Nueve, ni que sabía todos los rincones de sus misterios, ni mucho menos, simplemente que El Nueve había sido un sitio importante para mí, como para otras personas.

            Gracias a Froylán hice ese prólogo, que es el inicio del libro, que en realidad es una puesta en escena en primera persona. Los dilemas que tenía un chico como yo, recién llegado de un viaje de Los Ángeles, donde había descubierto una sexualidad y quería explorarla en la ciudad de México, y que era lo que estaba a la disposición para alguien que tenía 18 años en 1981-1982.

            Ese primer capítulo narra el encuentro, mí encuentro, con El Nueve, que sucede dos o tres años después. Pero, lo que quiero decir es que no es un fin, sí una historia personal, pero como decía es una especie de puesta en materia; cualquiera pudo haber estado en una situación en la que yo estaba, y El Nueve y el bar, hubiera resuelto, como lo resolvían muchas personas de la época, muchas dudas y demás cosas de la época.

CLV. Lo maravilloso de este libro, desde mi perspectiva personal, es que abordas todos los planos posibles, si bien pudo haber resultado una historia novelada, desechaste la idea de hacer una novela. El prólogo, es muy intimista, casi una confesión personal que hace el autor a partir de su identidad gay, de su entorno clasemediero en la ciudad de México, a la que identifica como no muy propicia para el desarrollo de su sexualidad; y cómo, a partir de su viaje a Los Ángeles, viene el descubrimiento de otros sitios donde hay una posición más abierta que él no conocía, un mundo al que entonces empieza a considerar propio; también aborda el aspecto de una subcultura; pero no sólo eso, lo más extraordinario de Tengo que morir todas las noches, es que abordas la transformación de la realidad mexicana.



GO. ¡Exacto! Sí, bueno, creo lo ves muy bien. Es un libro que está escrito en varios planos, o que tiene varios planos de lectura, y eso también permite que tenga varios públicos, uno de ellos ahora ha sido el de las gentes que se dedican a estudiar la transición a la democracia y que están viendo, en Tengo que morir todas las noches, un relato, ya no digamos uno de los grandes trazos políticos sobre la creación del Frente Cardenista, o sobre los primeros intentos del PAN para ocupar presidencias municipales y gubernaturas, en fin, o sobre la creación de otras instituciones; sino sobre lo que pasaba al mismo tiempo en la vida cotidiana de muchos mexicanos. Es decir, es concurrente la democratización del país, con esta gesta cultural que se estaba dando en la Ciudad de México, en un pequeño barecito que tenía 60 metros cuadrados pero que irradió, desde allí, muchas ideas, maneras de vivir en la ciudad.

CLV. Háblanos de dos aspectos importantes en la vida de Memo Osorno, uno: ¿qué hacías tú de inspector de establecimientos y bares, incluidos los de mala nota? Y dos: ¿cómo diste después el gran salto a la diplomacia en Londres?

GO. Bueno, en efecto, estaba trabajando como inspector en la Delegación Cuauhtémoc porque había una huelga en la Universidad Metropolitana, que era en la que yo estaba estudiando [Relaciones Internacionales] en ese momento. En los 80’s, las huelgas de sindicatos de maestros duraban tres o cuatro meses, se perdían semestres enteros; estaba sin quehacer y un amigo mío que era compañero de la universidad, al mismo tiempo, era el hijo del delegado Fabre del Rivero. Entonces me dijo “¿si no quería trabajar en la delegación?”

            Yo fui y, estoy seguro, entré como en una maquinaria maldita, porque directamente me llevaron a la Dirección de Gobierno, me dieron un trabajo como inspector de licencias, no era un trabajo que yo hubiera querido, fue algo en que simplemente acabé ahí. Porque ahí fue donde me abrieron la puerta.

            Pero, la verdad, es que cuando comencé a experimentar la ciudad desde esta perspectiva extraña, me empezó a gustar más como un experimento antropológico social; es decir, porque estaba descubriendo una ciudad, que me había estado vedada o prohibida. Por ejemplo, tenía que inspeccionar los antros del Eje Central, de la calle San Juan de Letrán, donde me recibieron los “gangsters”. Yo era [casi] un niño, bueno, joven de 18 o 19 años y les levantaba multas. Porque además, ¡yo tenía un alto sentido de la misión de la Delegación! Todo era un poco equívoco.

            Pero por eso terminé inspeccionando el barrio. Y El NueveCuando entré a El Nueve a inspeccionar, me di cuenta que ¡ese era el bar del que todo mundo estaba hablando y de que yo no sabía ni cómo llegar! Y bueno, pues esa mañana no les levanté ninguna multa porque estaba todo en orden. Pero esa misma noche regresé, ya como parroquiano y también, para mi sorpresa, ¡me llenaron de regalos y copas! Y bueno… eso también fue una equivocación…

CLV. Fue tu reglamentaria mochada burocrática.

GO. Exacto, mi mochada burocrática. Finalmente... bueno, esa noche conocí amigos y fue la apertura a un nuevo mundo.

            Luego, lo de la embajada, fue en este mismo andar por la vida en cuestiones internacionales, terminé en Londres, como tercer secretario de la Embajada de México en Londres. Ahí también haces trabajos, a lo mejor peor que de inspector de bares, porque ahí, en realidad es chalanear y eres como una especie de correveidile, de…  

CLV. ¿Ujier de alta categoría?

GO. Sí, ujier de alta categoría.

CLV. ¿Estuviste en Londres hasta el 94?

GO. Hasta el 94, sí. Hasta un poquito después de la insurrección zapatista, me acuerdo, porque además, se convirtió en un asunto realmente muy crítico en la embajada. En el 95 dejé la embajada.

CLV. ¿Quién era entonces el embajador?

GO. Juan José de Olloqui.

CLV. ¿Qué experiencias te dejó la vida diplomática? ¿Por qué renunciaste a algo que muchos anhelan en un momento dado? Es decir, la vida en las embajadas, el conocer  lugares, el tener la representación de nuestro país en el extranjero.

GO. Me dejó una buena experiencia en el sentido que, en efecto, me permitió conocer Londres y vivir ahí. Pero en realidad, lo tengo que decir es que la vida en las embajadas es sumamente aburrida, los diplomáticos en general, son una especie —que me perdonen ellos — como en extinción. Muchas cosas ya no pasan por ellos, las relaciones entre Estados, entre naciones, se dan entre trescientos cincuenta y cuatro mil doscientos niveles que no pasan por la embajada; y los embajadores, y los que están en las embajadas, en buena medida sólo hacen trabajo de información y de representación. A veces son muy activos, y otras veces son figuras de… no sé… ¡De oropel!

            Entonces, personalmente no quería seguir por ese camino. Obviamente es una carrera segura, pero no la más interesante, desde mi punto de vista.

            Lo que yo veía, en cambio, era a esos periodistas que querían saber la verdad sobre el levantamiento zapatista, que cuestionaban al gobierno mexicano y a sus altas autoridades por la represión en Chiapas, o las represiones indígenas. A mí, más bien, me daba muchísima curiosidad estar en el campo, estar recorriendo Chiapas, o lo que tuviera que hacer para obtener más información y, yo también, cuestionar a las autoridades. Entonces acabé pensando que el periodismo es una carrera.

CLV. ¿Ya habías estado en Columbia?

GO. No, de ahí hice una maestría en la Universidad de Cambridge, que fue como una zona cómoda, porque ya había estado ahí y conocía Inglaterra. Después hice ya la solicitud para Columbia. Entré a Columbia en 1997.

CLV. ¿Redefiniste tu vocación en Londres?

GO. Sí.




CLV. ¿Dijiste: “yo soy periodista y me regreso para ir a Acteal, y quiero ir a saludar al sub comandante  Marcos”?

GO. Bueno, nunca lo dije pero, digamos, que esa fue la aspiración. Obviamente ya en el 97, cuando yo estudio periodismo, pues esto era ya Acteal, era lo que estaba candente.

            Pero ya en el 97, cuando llegué a la Ciudad de México de nuevo, en realidad ya había otros grandes escándalos, no sé, Ricardo Salinas, —me acuerdo—, acababa de ser sentenciado y enviado a la cárcel. En la ciudad de México había un espiral de violencia increíble. “El Mocha Orejas” comenzaba a hacer de las suyas y a secuestrar personas. Entonces, eso al final fueron los temas de los que me ocupé regresando a la Ciudad de México, trabajando para el periódico Reforma.

CLV. En relación a labor como editor y autor… ¿Cómo distingues, en el contexto mexicano, a una revista como Gatopardo? O, yéndonos a tiempos más cercanos, ¿qué hay de ti como editor personal de tu propia obra? ¿O como  editor de Crónicas de otro planeta, la antología con las mejores crónicas de Gatopardo? De tu faceta como novelista, cuéntame de Canta Catalina canta, esa cantante de ópera que tenía pánico escénico, eso es así como de farsa bufa.

GOCanta Catalina canta es una novela que escribí y que tuve que poner en el cajón de nuevo. Un editor me dijo: “te voy a hacer un favor, no te la voy a publicar, porque si la publico, te vas arrepentir toda la vida, esta novela está a la mitad de lo publicable o no; pero mejor escribe otra novela y, esta, te la guardas en el cajón”.

            Entonces, la verdad, es que sí me hizo un favor, porque ahorita me arrepentiría horrible de haber publicado Canta Catalina canta, y está en un cajón. No sé si en algún momento la retomaré. No me interesa tanto la novela, creo que Tengo que morir todas las noches, en cierto sentido, refleja cierto aprendizaje en el taller del narrador, la capacidad de construir un marco narrativo, construir una historia en 300 o 450 cuartillas, y creo nunca caí en la tentación de hacer de esta historia una novela; porque me parece que en este caso sobre todo, como en muchos otros también, la realidad es muy interesante y los personajes reales tienen características extraordinarias. ¡Ganan fortunas, pierden fortunas, tienen intentos de asesinatos, van a la cárcel, salen de la cárcel, están un día en la página de sociales y luego en la nota roja! Y esto es de lo que está hecha la historia de Tengo que morir todas las noches. Un día están en el cielo de su esplendor y, al día siguiente, están en la cárcel de Acapulco. ¡La cárcel municipal de Acapulco que es todo un tema!

CLV. ¡Algo peor!

GO. ¡Exacto!

CLV. Estuviste ocho años en Gatopardo, Memo. Y Gatopardo renovó el interés en la crónica, junto a revistas como Etiqueta Negra. Y aunque la crónica en nuestro contexto, México, no es algo nuevo, como algunos quisieran creer; ya que existe con la crónica una tradición de toda la vida, desde los Cronistas de Indias, pero la realidad es que pareciera existir un boom. En una ocasión, El País realizó entre sus lectores una entrevista online con Carmen Ballcell, yo le pregunté lo siguiente: “¿Considera que la proliferación actual de libros de crónicas, es un fenómeno comparable al boom de la novela latinoamericana?”. Su respuesta fue contundente: “Ni pensarlo”. Pero, sin duda, la crónica actualmente vive un auge, aunque a veces no se distinga bien como género, o lo consideran un mero anecdotario personal.

            ¿Cómo visualizas tú, en estos momentos, la crónica periodística, el periodismo narrativo de largo aliento? ¿Cuánto tiempo le das de vida a la crónica, qué esperas de ella, qué cronistas lees? Tu columna en El Universal, es un reflejo de lo cotidiano de la ciudad de México, ¿es crónica?

GO. Mira, para comenzar con el primer planteamiento, la crónica no es nueva en América Latina, a pesar de que se le ha querido como etiquetar con esa etiqueta, —perdón la redundancia—.

            En realidad, lo que cambia es el prestigio de la crónica, y eso es algo que sí hemos visto como del 2000 a la fecha, yo creo que en buena medida [debido a] la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, el Premio García Márquez, la crónica como un entramado institucional que unió a varios escritores en América Latina, incluyendo al propio Gatopardo y Etiqueta Negra y otras publicaciones hicieron que existiera, que pegara esta nueva idea con respecto a la crónica. La propia Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano ha hecho voz, grandes congresos de cronistas en donde se reúnen a preguntarse cosas similares a las que estás preguntando y, en general, pues lo que se ve es que el asunto tiene buena salud, hay un ecosistema que funciona bien, tiene escritores, tiene lectores, tiene publicaciones, hay libros, etcétera…

            Es un género muy difícil, es un género que requiere mucho tiempo, requiere una inversión de dinero y, en nuestros países, un sacrificio personal enorme, una necedad gigantesca de los cronistas; pero un cronista peruano, Daniel Titinger, decía que “si él no escribía crónicas, no era feliz”. O sea, que él escribía crónicas para ser feliz, eso me parece que una justificación perfecta para seguir escribiendo.

            Hay buenos cronistas y malos cronistas, hay buenas crónicas y malas crónicas, no todo puede ser escrito en tono de periodismo narrativo; la conferencia de hoy en la mañana del alcalde de Zapopan, si hubo, sería absurdo que lo hiciéramos en el contexto del amanecer en Zapopan y el ambiente de la sala de prensa, y cómo se vestía el señor, eso no tiene ningún sentido.

Yo creo que hay cierto abuso también y un mal uso del periodismo narrativo. Pero, yo sí creo que el periodismo narrativo es profundamente poderoso, porque ofrece contexto y ofrece también información que normalmente no pasa en los periódicos, y esta información tiene que ver con las sensaciones. Los periódicos, en general, no informan sobre atmosferas, pero a veces las atmosferas son sumamente importantes para entender tal o cual acontecimiento, cómo se sentía el ambiente en tal conflicto, etcétera. Entonces, el periodismo narrativo tiene también su capacidad informativa; y es cierto, además, que en México en particular, hay una nueva generación de escritores, que ya se está convirtiendo en vieja generación porque, ya vi, ahí vienen otros nuevos, muy, muy nuevos. Está pues toda esa generación que fue creciendo al amparo de revistas como Gatopardo, pero ya vienen los nuevos, y eso qué quiere decir, que vamos a seguir viendo crónicas.

            Está Óscar Balmen en El Universal, Diego Legrand en los periódicos que ahora dirige con Diego Osorno, hay varios nuevos cronistas que están entregando unas piezas interesantes, Marcela Turati ha creado toda una escuela de cronistas y toda una manera de hacer periodismo. Entonces, creo que seguiremos viendo aún piezas de largo aliento.



CLV. ¿Hay una contradicción entre el auge actual de la crónica, como género periodístico, y la decadencia del periodismo escrito?

GO. Yo creo que en realidad son dos fenómenos, dos caras de la misma moneda. Cuando veo los periódicos que se quieren parecer a la televisión, me parece que están haciendo mal su trabajo. Porque en realidad, la televisión es la televisión. La brevedad de la televisión es una virtud que se aprecia si tú eres televidente, pero si eres lector de periódico, lo que quieres es leer. Es decir, no quieres recibir notas como las da el radio o la televisión, lo que quieres es justo lo que da el periodismo escrito: contexto, capacidad de historia, capacidad de conectar cosas, capacidad de reflexionar sobre el tema; y eso, me parece que en los periódicos que están en crisis, si su respuesta es hacerse más cortos, me parece que están haciendo mal la chamba. En realidad, tendrían que ofrecer lo que no ofrecen los demás medios, que es propio del medio del periodismo escrito; entonces, yo también creo que la crisis de los periódicos, ellos mismos se la han buscado, porque la respuesta que se dio a la crisis de los medios, en general de los medios, no me parece la más es correcta. Obviamente están todas las condiciones económicas, los periódicos están recibiendo menos publicidad. Tampoco es que el Internet esté mejor, y lo que vamos a ver también a mediano plazo, en muy corto plazo, va a ser la aparición de medios con fórmulas empresariales interesantes, diversas, nuevas. Y eso, por cierto, es lo que voy hacer muy pronto, voy lanzar un nuevo medio con una formula empresarial, interesante, nueva. Con una forma nueva de llegar a hacer recursos, para así poder hacer periodismo en medios digitales.

CLV. Por favor, cuéntanos un poco de eso, de tu nuevo proyecto.

GO. Estoy armando un proyecto que se llama Horizontal MX, que tiene dos o tres características importantes. Una es que agrega a una generación quince años menor que la mía, —la del “sobrino” Diego Osorno—, una generación de gente que está pensando de la política del país de forma más activa, renovada, pensante, hay una insatisfacción en esa generación con respecto a los medios existentes, con respecto a los arreglos políticos existentes; digamos que son una generación arriba de #YoSoy132.

            Horizontal MX aparece con una conversación que tuve hace dos años con Humberto Beck que es estudiante de Filosofía e Historia en Europa, en Princeton, y Rafael Lemus, que es un ex colaborador de Letras Libres y uno de los mejores críticos literarios. Ellos se encontraron en Nueva York, y desde allá empezaron a ver la fatalidad de México con respecto a los medios en la política, comenzaron a armar un medio, en ese momento no se llamaba Horizontal, y me dijeron: “oye, tal vez tú seas la persona o el publisher adecuado, para llevar este proyecto adelante”. Con ellos viene toda una generación de autores, una generación de escritores.

Ellos quieren hacer periodismo, los periodistas quieren participar en esto, y vamos a lanzar un portal a finales de este año. En este momento modesto, porque es como la primera prueba, que tendrá no solamente una plataforma digital, sino que también tendrá una plataforma física. Tendremos un pequeño lugar en donde podemos replicar las discusiones que se dan en línea, poner las discusiones en vivo, dar cursos, conferencias, talleres, cobrar un poco por cursos y conferencias y poder ir financiando los proyectos.

CLV. ¿Proyecto cultural interdisciplinario?

GO. Es un proyecto cultural interdisciplinario.

CLV. ¿Sin impreso?

GO. Sin impreso, aunque todo mundo quiere el impreso pero… ¡no hay dinero!

CLV. Memo, ¿te acuerdas de las cinco categorías en que englobaste la antología de las mejores crónicas de Gatopardo?

GO. Más o menos, sí…

CLV. Eran “Pop tropical”, “Un paso a la izquierda”, “En las redes de la historia”, “Letras” y “Crimen”. ¿En cuál ubicarías a Tengo que morir todas las noches?

OG. Es “Pop tropical”, sin duda, o sea, sí tiene obviamente esta idea de cultura popular, es cierto que también tiene algo como de “Un paso a la izquierda”, porque cuenta los orígenes del movimiento gay, que es un movimiento de raíz de izquierda; hay “Crimen”, entonces también tiene historia de crimen, ahí hay, bueno, por lo menos intentos de asesinatos y, en el trasfondo, pero eso no lo digo claramente, hay un asesino serial, que en un punto se manifiesta, luego se vuelve a desaparecer en la historia…

CLV. Y hay “Letras”…

OG. Y hay letras, sí hay y ahí está la historia, es un esbozo de la historia y hay una intención literaria.

CLV. Es que, de hecho y desde mi punto de vista Tengo que morir todas las noches englobaría las cinco vertientes…

OG. Es cierto, es cierto, no lo había visto, ¡eh!, es interesante.

CLV. Llegué a esa conclusión y creo, definitivamente, que pudo haber sido antologado en cualquiera de las cinco vertientes, es como un compendio de toda esa temática diversa que arrojó Gatopardo en su antología.

            Pero… No me has contado de tu experiencia como editor en Gatopardo, y estoy ansiosa de conocerla, por favor.

OG. Bueno, yo comencé en Gatopardo hace muchos años, desde que Gatopardo quería instalarse en México, yo ayudé a Miguel Silva y a Rafael Molano a establecer a sus primeros contactos con los escritores mexicanos, y me fui quedando en Gatopardo. Luego nos hicimos socios, en el sentido de que comenzamos hacer revistas juntos, y luego Gatopardo, como es una revista muy cara, entraba en ciclos terribles de crisis económica, y en uno de esos ciclos acabó en manos de Editorial Mapas, y acabó mudándose a la ciudad de México.



CLV. ¿Y olvidaste Travesías?

CLV. Bueno, sí, teníamos Travesías… En otro ciclo de crisis económica posterior, Gatopardo dejó de distribuirse en América Latina masivamente, para concentrarse en dos o tres países, pero lo que había que hacer era que la revista funcionara en México. Esa fue mi labor a partir de 2008, para hacerla una revista más presente en este país. En México se conocía, pero no tenía una presencia comercial, no tenía mucha presencia de distribución y fuimos ganando autores, presencia y tal; y ya en 2014, es decir, hace tres meses, decidí, —bueno, ya lo había decidido desde antes—, que era tiempo de dejar a Gatopardo, de pasar la estafeta a alguien más, para poder pasar del lado contrario en que generalmente lo hace la gente, que es para pasar del lado del escritor; normalmente los escritores se convierten en editores, yo de editor pasé a escritor, y quisiera continuar por esa vía.

CLV. ¿Y cómo ves ése cambio en lo personal, en lo profesional?

GO. Pues mira, me gusta muchísimo, sino no, no lo hubiera hecho. Ha sido un cambio satisfactorio, me gusta mucho escribir, había dejado de escribir por editar, y por entregarle tiempo y esfuerzo a los textos, y un día me entró una vena más egoísta y dije: “ya no puedo, ya no quiero seguir haciendo esto, no quiero seguir…” O sea, si tengo que escoger en arreglar un texto de alguien más y arreglar un texto mío, yo elijo arreglar uno mío. Entonces… ¡Pues ya ni modo!

CLV. Te comprendo perfectamente…

A tu columna de El Universal yo la veo en dos formas y me gusta. Me gusta primero el lenguaje, sencillo y directo, con el que hablas de tu entorno físico inmediato, y temáticamente la contrapongo con la columna de Héctor de Mauleón; siento que las dos son entre sí un equilibrado contrapunto: la historia y el presente.

GO. ¡Exacto!

CLV. Pero, al mismo tiempo, a tu columna le veo ciertas reminiscencias de estilo en relación a los temas que tocas, observo el conocimiento teórico profundo que hay detrás en todo lo que escribes, pero al que no evidencias presuntuosamente, como si pareciera no estar o que no se ve, como en Función de Media Noche, por ejemplo, donde los “ensayos de literatura cotidiana” hablan con una profundidad muy sencilla, como que no está, como que se nota, que no aparece, como la voz del intelectual que quiere adoptar esa pose.

            ¿Tú sientes ese contrapeso entre las dos columnas? ¿Cómo vez a la crónica que se aboca a la historia de las ciudades, desde el punto de vista arqueológico?

GO. Me siento muy halagado que compares la columna con el libro de José Joaquín Blanco, porque es un libro que yo tengo como cabecero, ¡me gusta muchísimo ese libro! y... me da mucho coraje que José Joaquín Blanco no nos haya entregado más y más sobre esa manera de visitar la ciudad.

          Y luego, la diferencia entre Héctor de Mauleón y yo, es que Héctor tiene una clase de personaje literario, y yo otra voz; como narrador, él es un narrador que sabe, que le gusta mucho, la investigación histórica y es como un anticuario; va encontrando pedazos interesantes en la historia de la ciudad y te los va presentando en una galería muy agradable.

            Yo lo que hago en mi columna es intentar una voz narrativa, inventar el personaje del narrador o del cronista, y me gusta mucho desbancar ese cronista; o sea, me gusta mucho ponerlo en crisis, por ejemplo, en la última crónica hacía una pequeña reflexión sobre una colonia en la Ciudad de México, una colonia céntrica que está a punto de florecer, la Colonia Doctores; y yo decía, como cronista, que si yo iba a la Colonia Doctores, la iba a echar a perder, porque la gente como yo, lo único que hace es llevar capuchino y pan de romero, y en realidad pues íbamos a destrozar el entramado barrial de la colonia Doctores; pero ese cronista que lleva un capuchino y un pan de romero, es el que va recorriendo la ciudad y me gusta desbancar eso, me gusta ponerlo en crisis, que se equivoque, que se pierda por la ciudad.

CLV. ¿Lo considerarías un añadido de más?

GO. No, la columna me ha ayudado muchísimo…

CLV. No, me refiero al papel del cronista que lleva el café capuchino y el pan de romero.

GO. Sí, bueno, el cronista un añadido como… Es decir, la crónica, en el periodismo convencional, se trata incluso de no poner la primera persona, sobre todo, ejercer una voz narrativa como si fuera uno un cronista neutral y no tuviera nada que ver con el tema; lo que yo hago en estas crónicas es exactamente lo contrario, tiene una posición, tiene una manera de ver la ciudad y está profundamente imbricado. Y esa manera de ver la ciudad está bien y mal, o sea, porque es desde una colonia, desde una clase social, desde una mirada, que a veces le atina y a veces, pues se equivoca rotundamente…

CLV. Ser el sujeto, tener la opinión, ser la voz que nos cuenta multi sensorialmente lo que ve…

OG. Qué es lo que está pasando. Una de las crónicas más exitosas que escribí, fue burlarme, —creo que lo contaba ayer—, burlarme de la estructura familiar del sur de la Ciudad de México. Y eso, creó un corto circuito, porque mucha gente se dio cuenta en efecto, que hay una diferencia geográfica en las estructuras familiares del centro y el sur; y eso, solamente se puede ver si asumes todas las consecuencias, el papel del narrador que eres y vas a quejarte.

CLV. Volviendo a Tengo que morir todas las noches, ¿segunda reedición en apenas dos meses?

OG. Está muy cerca de la segunda reedición…



CLV. ¿Bestseller absoluto?

OG. Pues ahí va. Sí. Y bueno, no sé si absoluto. Todavía hay que dar la batalla para que aquí en Guadalajara se venda, y en otras partes se venda bien; pero, en efecto, la editorial sí está muy sorprendida y yo también.

            A mí, el mayor miedo que me daba este libro, es mi primer libro, después del fracaso de Canta Catalina canta y otros fracasos como poeta, en fin… otros pánicos escénicos; era, que los escritores no lo valoraran.

            Mi primer focus group, en sentido mercadotécnico, fue entre amigos escritores, que me devolvían el libro con comentarios halagüeños, con cosas de carpintería, de cómo arreglarlo, pero… En fin, me di cuenta que bueno, por lo menos, el libro estaba bien escrito y que contaba bien una historia. Pero sí, todas las lecturas que después ha tenido el libro han sido abrumadoras y también muy satisfactorias…

CLV. ¿De verdad no lo esperabas, Guillermo Osorno?

GO. Pues no esperaba, por ejemplo, que alguien de Los Altos de Jalisco me escribiera diciendo que había salido del clóset hace meses, y que después de leer el libro, pues se dio cuenta de que había tomado una buena decisión, y de que en realidad, él no estaba solo. Eso, de verdad, me sacó las lágrimas. Mi lector, te lo juro, no era de Los Altos de Jalisco, o sea, no pensé que fuera a llegar hasta allá, no pensé que fuera a pegar. Pero lo mismo sucede con otros lectores en otras partes del país, o con lectores jóvenes de la Ciudad de México.

            El libro tiene un truco de magia, digamos, que en él prestigia a una generación, y esa es otra cosa que también funciona, en el sentido de que ahora los jóvenes ven a mi generación con unos ojos un poco distintos después de la lectura del libro, sí nos ven como el antecedente de algo que se hizo por el impulso de una generación, que quería globalizar la cultura y no estar encerrados en las crisis económicas de los 80’s, de los temblores o el SIDA, sino comunicarse con el mundo y que es un impulso generacional también de ahora, eso tiene una genealogía y eso también se lee, se lee bien.

CLV. Pero tu generación está más salvada que la de los 70’s, a la que nos ven como viejitos hippies.

GO.  ¡Ja, ja, ja, ja! No, porque los viejitos hippies, tienen como un aura…

CLV. ¡Todavía tenemos imán!…

GO. ¡Exacto! La imagen de los ochenta, recuerda, es Timbiriche y Flans, eso no puede ser. Todavía hay más detrás de Timbiriche y Flans

CLV. Aunque eso es una de las vergüenzas que no pueden ocultar. Aquello de “Corro, vuelo y me acelero”, definitivamente fue algo de lo peor que les pudo pasar como generación, ¡eh!

            Oye, para casi finalizar, tu programa de radio, ¿qué pasó con Crónicas de la ciudad en MVS?

GO. Crónicas de la ciudad fue un programa, un experimento muy interesante que hizo Ultra, quien era en realidad quien lo producía y lo ponía en el canal de MVS. Lo que pasó con Crónicas de la ciudad es que Ultra, es una cadena que no está en la Ciudad de México, está basada en Aguascalientes y es popular en otras plazas. Este experimento en la Ciudad de México nos gustaba, salió bien, pero al final no había manera de financiarlo, porque no tenían fuerza de ventas en la Ciudad de México. Fue un experimento de un año que fue muy satisfactorio, estuvo muy bien, pero… bueno, como todo, si no están amarradas las tuercas, pues se cae.



CLV. Y tenías público, buena audiencia. Yo te escuchaba por internet, te mandaba tuits, te felicitaba y todo lo demás.

            Memo… La pregunta de cajón: ¿Qué le dices a los nuevos cronistas?

GO. Pues, que la crónica no es nada más… no es…

CLV. ¡Enchílame esta!

GO. Exacto. No nada más es describir lo que hay en nuestro alrededor, la verdad es que tiene varias exigencias, una de ellas es, sin duda, contar bien una historia, dar contexto, no solamente es echarse una parrafada de palabras, sino esforzarse, hay que trabajar en contar historias, porque si no, se va devaluando el género. Y no cualquiera puede ser cronista, hay que trabajar mucho.

CLV. ¿Algún día piensas revelar quién es “El Papa”?

GO. No, fue un pacto de caballeros. “El Papa” es un personaje en Tengo que morir todas las noches, que es la persona que financia todas las locuras. Pero en la vida real es alguien muy, muy discreto, y en un punto de la conversación con Henry Donnadieu me dijo: “no puedes poner quién financió todo esto, fue este personaje”. Yo dije: “Henry Donnadieu, si no pongo eso, no se va a entender pues de dónde sacaban el dinero, y cómo después de caerse al risco, de repente aparecían en unas casas en Acapulco…

CLV. Y que no eran cualquier casa, sino la de Dolores del Río, ¡por favor!

GO. ¡Exacto! Y cómo invertían siete millones de dólares para una discoteca, o cómo se iban ustedes a Nueva York a perseguir a Andy Warhol y compraban cuadros de Andy Warholaquince mil dólares, y tenían como amigo a Christopher Makos, fotógrafo de Interview, y tenían esa vida súper glamorosa”.

            Entonces él lo consultó, regresó y entonces, con cierta malicia, Henry me dijo: “Pues dice fulano de tal que está bien, pero tenemos que esconder el nombre”. Y entonces entre los dos, con cierta malicia, dijimos, pues es, “El Papa”. “El Papa” porque es alguien que tiene una educación muy católica y también muy especial en su trato, entonces es alguien que allá fue bautizado así. Lo único que sí puedo decir es que sí se le ve recorrer la Ciudad de México, en la Zona Rosa.

CLV. ¿Ni offoffoff the record?

GO. No, no puedo, de verdad. Porque además, una vez me entrevisté con él y le dije, “pues vengo para contrastar los datos, pues también a saber más de otros personajes, Manolo Fernández que también es un personaje importante, cuéntame más”… ¡Silencio absoluto! Lo único que supe en esa conversación, es que él, en un sentido muy general, aprobaba la escritura de ese libro, que no me iba a perseguir con sus millones para luego encarcelarme a mí, por haber revelado cosas indiscretas, que había una aprobación tácita al proyecto; y eso fue lo que pasó. Un día en Acapulco, le hablé para pedirle si me enseñaba su casa, a la que nunca tuve acceso. Y pues, desde la ventana me dijo que no, que no era bienvenido.

CLV. ¿No sé si te diste cuenta que con “El Papa”, creaste un personaje casi mítico en tu libro?

GO. Pues sí. Y muchas personas me han preguntado quién es “El Papa” pero, literalmente, sólo les cuento cuando él se asomó al balcón y, en vez de echarme la bendición, me dijo: “¡vete!”.

CLV. ¿Algo más qué quieras agregar a la conversación?

GO. Muchísimas gracias, Carmen. Pues… ¡Qué lean Tengo que morir todas las noches! Se van a divertir, es de unos extremos muy grandes y es una historia, bueno, es parte de la historia, cultural del país. Y nada… Yo sé que la van a pasar bien.

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