Fabián Acosta ESCRITO POR  Fabián Acosta Aug 21, 2014 - 65 Visitas

Largo sea su reinado

Una de las etapas históricas más importantes y controvertidas de nuestro país es, sin duda alguna, la de la Intervención Francesa y el llamado II Imperio Mexicano.

El sueño monárquico de los conservadores de México, parecía haberse hecho realidad con la llegada del Archiduque de Austria Ferdinand Maximilian Joseph Marie von Habsburg-Lorraine, al puerto de Veracruz el 28 de mayo de 1864, a bordo del buque Novara.

El desenlace final de esa historia es por demás conocida, pero dada su importancia, todavía es motivo de importantes análisis e interpretaciones.

El texto que a continuación presenta el Dr. Fabián Acosta, es un ejemplo de ello.

La fallida vocación monárquica de México

El rey Juan Carlos de España abdicó al trono. Su hijo y sucesor, al estilo de las monarquías modernas, juró ante la Constitución y de frente al Parlamento. Las leyes, y no Dios, le otorgaron el honor y la regia potestad.

Esa realidad nos es ajena. México no sabe de cetros y coronas. La historia y nuestras constituciones lo dejan claro. El Estado mexicano se reconoce democrático, federalista, liberal y republicano. Ante la Constitución todos somos iguales. Nadie goza de privilegios de raza o cuna.

Esta igualdad es un logro histórico. Consumada la Independencia, los Tratados de Córdoba nos escrituraron un príncipe español que jamás llegó. Un sargento, Pío Marcha, alborotó una noctámbula muchedumbre capitalina. Al grito de: “¡Viva don Agustín de Iturbide!”, un improvisado Congreso le adjudicó título de Emperador a Iturbide, que reinó pocos meses. Al regresar de su destierro en Soto la Marina, una ingrata ley le prohibía pisar las tierras que liberó y lo condenó a muerte. En lo sucesivo, el proyecto monárquico en México jamás prosperó.

El padre Joaquín Arenas conspiró para restablecer el dominio de Fernando VII en México. Los españoles pagaron la audacia del sacerdote con una ley que decretó la expulsión de los peninsulares; promovida por el diputado jalisciense Pedro Tamez. Tiempo después, el grito de “¡Muera el príncipe extranjero!” despertó de su sueño monárquico al presidente Mariano Paredes y Arrillaga.



No obstante, ese príncipe llegó por encargo de Luis Napoleón III, rey de los franceses. Del Novaradesembarcaron, en el puerto de Veracruz, Fernando y Carlota. En el cielo presenciaron una parvada de negrezcas aves que volaban en círculo. ¿Era aquel un mal augurio? Parece que sí. Tras un reinado de tres años, el mismo barco regresó el cuerpo embalsamado de su hijo, a la reina Sofía.

El filósofo José Vasconcelos dijo que “los niños mexicanos llorarían de emoción al escuchar la historia del príncipe Austriaco que dejó su castillo, Miramar, para venir a rescatar a su patria”. Tal parece el filósofo se equivocó.

Muchos nos preguntamos ¿Qué papel juegan las monarquías en este tiempo? Sin embargo, tras la proclamación de Felipe VI no faltó algún romántico que contagiado por Juego de Tronos, exclamara para sí: “Largo sea su reinado”.

Por las venas del ungido monarca de España, Felipe VI, fluye sangre del Rey Sol. En efecto, el primer monarca Borbón que gobernó la Madre Patria fue Felipe V, nieto de Luis XIV y por lo tanto heredero al trono de Francia. Su aspiración al trono estaba condicionada a la endeble salud de su sobrino, Luis XV. Otra muerte le otorgó la Corona anhelada, la de Carlos II, “el hechizado”. El último de los Habsburgo padeció la maldición de los matrimonios endogámicos: nació deforme, loco y enfermo. Ninguna princesa lo quiso premiar con la paternidad. Con él, se extinguió el reinado de los divinos Austrias en España.

Apegada al viejo regalismo francés, la nueva dinastía reinó con ilustrado despotismo y desapego religioso. La Constitución de Cádiz, firmada en plena ocupación napoleónica, les acotó el poder a los Borbón y tras el fracaso de la dictadura de Miguel Primo de Rivera, dictadura con rey, Alfonso XIII perdió la Corona en las elecciones municipales de 1931.




En las urnas se gestó y nació la Segunda República Española. Vendría después la Guerra Civil y el triunfo de la alianza nacionalista anti republicana formada por el ejército, las Falanges de las Jons y los Carlistas o requetés. El dictador Francisco Franco, antes de su muerte asentó las leyes que facilitaron el regreso de los Borbón. En un referéndum celebrado en 1978, Juan Carlos fue refrendado como legítimo rey y jefe de Estado de una España que re adoptaba el régimen monárquico-parlamentario. El rey es capitán de las fuerzas armadas y simboliza la unidad nacional sin ejercer, directamente, el poder; no obstante, él propone al candidato presidencial y el Congreso delibera y vota. De salir favorecido, el candidato tomará protesta y juramento ante su monarca:

Juro / Prometo, por mi conciencia y honor, cumplir fielmente las obligaciones del cargo de Presidente del Gobierno con lealtad al Rey, guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado, así como mantener en secreto las deliberaciones del Consejo de Ministros”.

Otras facultades del Rey son convocar a elecciones parlamentarias y, de ser necesario, adelantar su realización. Puede convocar a referéndum y ratificar tratados internacionales. Representa a España ante las naciones y, previa autorización del Congreso, declara la guerra o la paz.

Para muchos españoles, la monarquía es un mal sueño del que quisieran despertar; en México, por otro lado, el fatigado sueño monárquico sigue arrojando mitos sobre presuntos herederos a un inexistente trono mexica o Habsburgo. Regina, la historia-ficción escrita por Antonio Velasco Piña, hizo soñar a muchas imaginaciones del siglo XX con una mítica princesa mexicana de aires redentores, que restablecería la grandeza extinguida del pueblo de Anahuac. Mucho antes, Jacinto Canek el chamán y caudillo maya, o el Indio Mariano “Mascara de Oro”, insurreccionaron a sus hermanos de sangre, en Yucatán y Nayarit respectivamente, con la promesa de restablecer la monarquía mexica.



Más allá de las fantasías literarias y las sagas indígenas de finales de la Colonia, lo cierto es que en España subsiste una casa aristócrata, cuyos herederos descienden de Isabel. Viuda de Cuauhtémoc, hija de Moctezuma II, que a los 16 años no concretó su matrimonio con Hernán Cortés de quien tuvo una hija, Leonor. Finalmente terminó desposada con Pedro Gallego de Andrade, con quien engendró a Juan de Andrade Moctezuma, su primogénito, heredero del linaje del emperador mexica; sus descendientes viven y conservan sus títulos en España, como María del Carmen Enríquez de Luna y del Mazo, condesa de Miravalle.

Pero no es una diadema de plumas, sino el blasón de águila bicéfala, lo que arrebata suspiros a los administradores de sitios web como La Casa Imperial de México, Partido Monarquista Mexicano, Asociación Marquista Mexicana; entre otras que van y vienen, aparecen y desaparecen en la telaraña del Internet.

Cae en gracia que estos modernos émulos de Charles Maurras, discrepen entre sí sobre el legítimo heredero al inexistente trono de México. Los primeros alegan que este sería Maximiliano de Götzen-Iturbide; quien vive en Australia, con su esposa María Anna de Franceschi, de noble abolengo croata-veneciano, y con sus dos hijos Fernando y Emanuela.

Para desencanto de sus partidarios, a este Maximiliano le interesan más los yates que el trono de México. Sin embargo en 2011, se presentó ante el Papa Benedicto XVI, como el legítimo heredero al trono de México.

Los otros monarquistas alegan que Fernando Maximiliano jamás adoptó al Príncipe Agustín y, por tanto, el legítimo heredero sería el Archiduque Carlos Felipe de Habsburgo-Lorena, sobrino tataranieto del último emperador de México, quien fuera fusilado por el gobierno de Juárez el 19 de junio de 1867, en el Cerro de las Campanas.

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