Redacción A7 Written by  Jul 21, 2014 - 70 Visitas

Los patrulleros obligadamente devotos

Gumersindo no es un nombre común. A pesar de su origen germánico suena rústico, provinciano. Pareciera apelativo ideal  para nombrar literariamente a un personaje labriego y arrancherado. O a un tendero de pueblo, de esos que detrás de algún semi apolillado mostrador todavía usan mandil fabricado con tela de costal y despachan el maíz en hectolitros.


             El único Gumersindo que yo he conocido, del que por cierto nunca supe si nació un 13 de enero, día de San Gumersindo, no desempeña precisamente labores labriegas o tenderas en algún aldeano entorno. Para nada.

            Él, a bordo de una flamante patrulla ejercía campantemente en esta mega metrópoli el oficio de policía, dentro de los límites del municipio de Guadalajara.

            A raíz de cierto y frecuente trato informal con Gumersindo, cuando él estuvo asignado para vigilar la zona comercial donde se ubicaba mi anterior espacio de trabajo, de su propia voz pude saber que “era originario del estado de Veracruz”. Había entrado a trabajar como policía después de desertar —por causas personales nunca a mí explicadas del todo— de las filas del ejército, en donde llegó hasta el grado de subteniente.

            Moreno, chaparro y con una fisonomía facial de marcados rasgos indígenas, Gumersindo también poseía un rostro de maciza rigidez en sus escasas gesticulaciones.

            Aún con uniforme de policía, no se había despojado de su anterior perfil militar. Conservaba cierto caminar rígido que al hacer alto, parecía presto a chocar sus talones entre sí para luego cuadrarse frente a un superior. Evidenciaba además una constante actitud de sumisión frente al poder y las jerarquías.

             Él manifestaba gusto especial por el entrenamiento físico. A diario corría varios kilómetros. Cada tercer día entrenaba en el gimnasio. Una vez por semana iba a descender la ruta que llega hasta la parte más baja de  la barranca de Huentitán, para después de llegar a su meta, volver a recorrer en ascenso ese mismo trayecto.   
 
            Múltiples y variadas fueron las anécdotas policíacas que tuve oportunidad de conocer. Todas ellas derivadas de mis fortuitas pláticas con Gumersindo.



 Por él, supe de las muchas razones por las que los policías municipales pueden ser castigados. De “lo jodido del material con que elaboran los uniformes oficiales”. De “lo corrientitas que son sus botas”. De “la manera en que ellos tenían que comprar sus balas de repuesto”. De “lo cansado de sus horarios de 24 por 48 horas, las primeras de trabajo, las segundas de descanso”.

            Supe además cómo, en castigo, una vez a él y a su “pareja” los encuartelaron. Según esto porque Gumersindo, muy de lentes oscuros para disimular el “coyotito”, se quedó bien dormido arriba de la patrulla mientras, el otro oficial, andaba a dos cuadras de distancia, echando lío con una empleada de cierta zapatería, mujer a la que él donjuanescamente se andaba ligando. “Nos agarraron en curva”, me dijo Gumersindo sonriendo, al recordar aquel arresto in fraganti del que fue sujeto.

            Aún así, yo creía ver en Gumersindo una especie extinta. Un remanente de aquellos antiguos gendarmes de barrio a quienes todo mundo conocía y saludaba. Y hasta les guardaba cierto respeto. Por esa razón era por la que mi jefe permitía que él, con gusto y mayor confianza, llegara a aquel negocio para aprovechar las “cortesías” que Gumersindo se auto otorgaba.

            Así él, campechana y religiosamente, detenía la patrulla frente al local para llegar y surtirse de botellas de agua, aunque la mayoría de veces prefería un enlatado y frío té verde de la marca Nestea. Ocasionalmente tomaba Coca-Cola, clara señal de que él andaba patrullando un tanto crudito. Otras veces solicitaba un cigarrillo, o dos, o tres. Algunas golosinas. Unas galletas. Realizaba sus consultas en Internet. O solicitaba algún escrito con su correspondiente impresión.

            No éramos los únicos “vacunados” del barrio. Al igual que todos los patrulleros del rumbo, a eso de la hora de la comida Gumersindo y su “pareja” cronométricamente hacían su rondín para llegar, directo, a un restaurante cinco estrellas, ubicado en la misma cuadra donde estaba mi centro de trabajo.

            Del restaurante ambos policías salían muy sonrientes,  aprovisionados con su bastimento del día debidamente empaquetado en portátiles charolas de hielo seco. Allí también, como en otros sitios, gozaban de “cortesías” en especie.



 Una sola vez me tocó ver a Gumersindo haciendo gala de eso que se conoce como “prepotencia policiaca”. Lo cual, aunque fue situación única y mínima en comparación con la de algunos de sus otros colegas que suelen ostentarla con mayor frecuencia, no dejó de sorprenderme. Fue una situación que vino a deslucir la inofensiva imagen de policía, entre torpe y bonachón, que yo de él tenía.

            Esa vez, un Gumersindo para mí desconocido, a mano limpia agarró a mamporros a un tipo de esos con aspecto de vago callejero, el típico presunto culpable del llamado delito “la portación de cara”. Sujeto sobre el que, severamente, ejerció con todo protocolo el esculcamiento que los oficiales denominan “una revisión de rutina”.

            Gumersindo obligó al sujeto de marras a ponerse de espaldas, separar las piernas y colocar las manos sobre la cajuela de la patrulla, no sin antes darle sus buenos patines, cates y jaloneos.

            Lo palpó de arriba abajo. Luego procedió a ordenar que aquel tipo abriera una mochila que cargaba a fin de verificar su interior, cerciorando así que no portara sustancias ilegales o algún arma de cualquier tipo.

            El rostro de Gumersindo en esos momentos parecía ser el de un ser extraño. En su mirada reflejaba violencia y cierto grado de sadismo.

            A partir de esa situación ya no pude volver a ver a Gumersindo como antes. Aunque en su defensa, podríamos señalar que él no era tan lacra como algunos otros de sus colegas a quienes, varios conocidos en ámbitos muy distintos, los han señalado justificadamente de que están más del lado de la delincuencia, que de la ley.

            Desafortunadamente, en no pocos ciudadanos, predomina la percepción social de que no pocos elementos de la seguridad pública, utilizan su cargo como la oportunidad ideal para desvalijar a cualesquier cristiano que se atraviese en su camino.

            Por lo que no pocos de ellos, lejos de combatir la delincuencia, se apropian en forma de despojo delincuencial del dinero, celulares, tablets, laptops, iPhones, lentes de marca, relojes o joyas, primordialmente.



Sabido es que también acostumbran sembrar michas de coca o carrujos de mota a algunos pobres inocentes, para así poder fincarles cargos falsos frente al MP.

            Truculentas son en esta ciudad muchas historias semejantes en torno a los policías. Haciéndonos sentir, no pocas veces, que la única diferencia entre ellos y los delincuentes, es que estos visten de civil y aquellos portan uniforme de policía.

            ¡Ah! Pero no se crea que sólo los elementos de base son quienes, en el medio policíaco, cometen actos delictivos o de corrupción. ¡No!

            Una de las historias más increíbles y chuscas que al respecto he conocido, me fue contada por el propio Gumersindo, quien intentando hasta cierto punto justificar las prácticas de extorsión que los policías cometen, me explicó que algunos de sus propios comandantes son quienes les exigen, diariamente, la entrega de una cuota fija en efectivo o en especie.

            Llegando a tal nivel su grado de impunidad y de cinismo, que según Gumersindo me relató, “a la hora del cambio de guardia y la revisión, un comandante acostumbra pasar la gorra a cada uno de los policías a su cargo mientras, con cierto dejo de burla, reglamentariamente les solicita que se caigan con su coopera pa’ las flores de la Virgen”.

            Según esto, a todos los policías que están bajo la supervisión de ese comandante, no les queda otra sino “coopelal”. De lo contrario… ¡Cuello! Se arriesgan a que el comandante les cuelgue algún "milagrito". Como el de suspenderlos bajo arresto por cualquier falso motivo.

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