Cecilia Written by  Aug 29, 2017 - 382 Views

Trompetilla

La falla de nuestra época consiste en que sus hombres
no quieren ser útiles sino importantes.

Winston Churchill

El poder de la mentira es implacable y efectivo, siempre y cuando la prohibida verdad aparezca. Esa verdad que muchos quisieran enterrar. Esa que para algunos, a últimas fechas, juega el papel de un testigo incómodo y afecta a culpables e inocentes.

      Cada día leemos, vemos, escuchamos la cruda realidad de políticos, funcionarios y compinches, evidenciados por algún enemigo.

     La realidad puede superar la ficción y se cuela en guerras sucias que muestran la ausencia de estadistas, y la abundancia de oportunistas capaces de todo en pos del poder.

     Cual película de humor negro, podría decir que cada semana es superada por la siguiente. He leído “verdades a medias” —mentiras reales—, que brotan por todos lados, desde los textoservidores, —conductores a modo—, hasta los inoportunos funcionarios, —inconsistentes burócratas e incluso pésimos empresarios—. En su adelantada carrera por el hueso, todos ellos son capaces de morder las manos conocidas, las de antiguos “amigos” y hasta las de aliados que dejarán de serlo.

     Todos ellos se dicen los más limpios y puros, figuras casi angelicales con disposición al bien, sin mirar a quién, seres que sólo muestran la verdad. Son almas sacrificadas al servicio público que, con la bienaventuranza de una fe ciega en ellos, tendrán “el poder” de hacer milagros, asombrando a cualquier incauto.

     ¿Dónde están los grandes estadistas?

     Esos hombres respetables, sabios, cultos, entregados, desinteresados y con disposición de ayudar y servir de verdad. ¿Quién convenció a los políticos y empresarios de que ellos tenían que ser más importantes que todas las personas? ¿Esa vocecilla que en su ego tienen los hará creer que son el centro del mundo?

     ¡Caray! En pleno siglo XXI hay trabajadores que no cuentan con sueldos dignos, ni con las prestaciones de ley, o la seguridad laboral y social que la Constitución marca. Mujeres, jóvenes y niños que parecen que la miseria es su único camino, porque hay políticos que permiten que de forma impune se violenten los derechos humanos y laborales, cuarteando el Estado de derecho, asesinando a la democracia.

     O que acomodan la legislación como si fuera un juego de póker donde ganan, y pierden, sólo aquellos que esconden sus reales intenciones.

     Aplicando una ley selectiva. A ti sí, pero a ti no, por ser feo, pobre y prietito, vieja y, ¡ah!, naco… A ti no, por ser indígena, intelectual, joven, anciano, homosexual, madre soltera, niño, discapacitado, por ser periodista, por ser sincero, por ser “pecador”.

     En la defensa de un muy antiguo camión de redilas, está este mensaje: “¡Bola de sinvergüenzas, ventajosos y sin llenadera!”. Desteñida y repintada en alguna de sus letras, esa móvil leyenda parece captar lo que todos y cada uno de los ciudadanos quiere, y nunca se atreve, decir a sus gobernantes.

     ¿Para quién arreglan la Constitución?

     — Para todos los mexicanos.

     ¿Porqué todos los mexicanos no sienten esa mejoría?

     — Porque ya vendrá en el año X y entonces lo notarán.

      Y hasta sonríen.

     ¿Por qué invierten millones en su guerra sucia ante sus adversarios?

     Los grillitos chocan sus patas… pero no hay una respuesta.

     Mentiras completas que ellos acomodan como verdades absolutas. Ciegos de poder, toman las ventajas aprovechándose de las necesidades de otros. Alevosía con beneficio personal.

     La verdad no tiene precio, es muy barata. La mentira, en cambio, es costosa, y entre más grande sólo “los poderosos e importantes” la pueden pagar.

     Para esos “inútiles”, la ironía pura es su compañía. Cada día les creen menos, dejan de ser ejemplo, pierden respeto, y acaban con su poca reputación.

     En verdad, me encantaría ver que los abuchean sin temor, que les silban sus discursos, que a carcajadas acallan sus promesas —esas promesas que nunca cumplirán—, y que sin interrumpir su derecho de expresión, al final apliquemos el nuestro, con trompetillas que suplan los hipócritas aplausos. Miles de trompetillas, hasta que comprendan que no les creemos nada.

     Dice la conocida frase que “la verdad nos hará libres”. Quizás por eso, la mentira nos ha hecho prisioneros en nuestra propia nación.

     Todos tenemos el real poder de ser útiles, de hacernos respetar con dignidad, aplicando la Constitución.

     A esos mentirosos compulsivos con aparador mediático, ignorémoslos porque, como dijo Arturo de Córdova, el gran actor: “no tiene la menor importancia”.

     Quizás en ese momento, entenderán que están obligados a decir la verdad, sólo la verdad, y nada más que la verdad.

                            

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