Redacción A7 Written by  Oct 03, 2014 - 85 Visitas

Cuento Dr. Atl

Gerardo Murillo, el Dr. Atl          

 

— ¡Usté kiombre ba a ser! ¡A ber, pégueme ! ¡A nosotras las mujeres de deberas naiden nos lebanta la mano, imenos las mulas como usté !


El hombre a quien la mujer se dirigía —que estaba ya excitado por el pulque que había ingerido, y por las frases de la vieja— no esperó más: levantó la mano y le lanzó una bofetada. La mujer se escabulló con rapidez y el borracho cayó de bruces.

— ¡Ai`stan los ombres d`iora!, lebántese desgrasiado, yo soy la ke le boy a pegar —y sacó de entre la pretina de la enagua un corto cuchillo, y esperó a que el caído se Ievantara.

Pero el hombre se hacía pato. Comprendía que la riña iba de veras. La hembra adquirió valor y le lanzó una andanada de injurias que hicieron reír a los borrachos que estaban en la puerta de la pulquería y a la gente que se había detenido para presenciar el pleito callejero, —callejero precisamente no callejonero— porque se verificaba en un angosto callejón del barrio de La Merced, frente a la pulquería poéticamente titulada `Horas de Consuelo y Olvido`.

Por fin el hombre se levantó esquivando con un manojo de cuerdas  —era un cargador de legumbres— los golpes que la mujer le tiraba. Apenas contenía su indignación. Se fue retirando poco a poco hasta entrar en la pulquería. La hembra lo siguió, y como él iba hacia atrás y estaba bastante borracho tropezó y volvió a caerse. Pero esta vez se levantó violentamente y furioso enarboló las cuerdas y azotó a la mujer.

Un joven intervino —otro cargador— se puso entre los dos luchadores y le reclamó al que pegaba.

—   ¡Usté métase konmigo y no les pegue a las biejas!

—   Usté me gusta pa`bieja, jijo de un tal.

Y arrojando a un lado las cuerdas sacó  a su vez un cuchillo, y se echó encima del intruso. Pero Ios amigos intervinieron, no tan pronto sin embargo como hubiese sido necesario para que el gendarme no echase mano a los rijosos. Cargó con ellos y con la vieja. La gente se quedó haciendo comentarios,

— Karay —decía una mujer tapándose un poco la cara con el rebozo—esta Juanita no tiene remedio: ¡a kada rato los ombres se pelean por eya, ni tan bonita ke juéra! Tan kakarisa, i kon esa kortadota ke tiene en el osiko.

— ¡No krea usté —decía otra mujer— ese pobre muchacho ke le reclamó al borracho anda rete enamorado de doña Juanita, ken sabe ké les da!

— ¡Ah! —dijo otra mujer— pos les a de dar de la yerba ke tiene Doña Petra ai en el puesto de la eskina, ke diske es buena pa`ke los ombres se enamoren di`uno.

—   ¡No me lo diga`sté! ¿En kuál puesto?

—   ¡Ande, ande, usté no la nesesita!

Y en tanto Juana había llegado a la comisaría. Juana era realmente una extraña mujer, por lo feo de su cara, lo andrajoso de su vestimenta y por el dominio que ejercía sobre los hombres. Era bajita, delgada, ya de cierta edad, tendría treinta años, picada de viruelas y con una cortada en el hocico—como decía la mujer comentarista— que le ponía un gesto agrio en la boca.

La riña había terminado con la intervención de la policía, era una de tantas riñas que la singular atracción de aquella borracha provocaba todos los días.

Cuando Juana salió libre, después de varias semanas de cárcel, se fue derecho a la pulquería vomitando injurias contra los técnicos, contra el comisario y contra el gobierno, autor de todas sus desgracias. Un grupo de mecapaleros embrutecidos por el alcohol y cubiertos de mugre, le hicieron coro:

—   ¿ké tal te jué, Juanita?

— ¡Pos kómo me abría de ir kon esos desgrasiados del gobierno, me tenían encerrada en un calaboso oskuro i me estaban matando de ambre! ¿i ustedes ké bien me jueron a ber, berdá? Ustedes no son buenos ni pa cargar los bultos de chile, menos pa okuparse de las siñoras komo yo, ke ónke me esté mal el disirlo, sabemos representar lo que somos.

(La mujer decía estas palabras con voz de firme convicción).

Luego fue a sentarse en una banca, se quitó el rebozo, echó la cabeza atrás y miró altaneramente desde el pulquero hasta el último cliente.

Uno de éstos se acercó con mucha parsimonia a Juanita, y le dijo:

— Míra, Juanita: ases mal en jusgarnos ansina, de malos ombres. Yo, por mi parte, siempre te e tenido kondisión, i akí estoi pa probártelo.

— Yo—también dijo uno de los cargadores que escuchaban y que llevaba enredado en el brazo una gran cantidad de cuerdas yo también le tengo lei, más ke esti otro.

— A ver —dijo la vieja— apruébenmelo; me kedo con el ke sea más templado.

Juanita miró a los dos individuos con un mirar profundo y maligno, sus ojos tenían un fulgor libidinoso. Al levantarse para provocar a aquellos hombres, parecía una fiera en brama.

— Si se keren matar —dijo el pulquero— mátense ayá`juera. No me bayan a ensusiar el suelo con su kochina sangre —y los empujó hacia el callejón.

Los dos tipos sacaron sendos cuchillos, se quitaron los sombreros y empezaron a tirarse tajos con furia salvaje.

Pronto uno de ellos hirió al contrario, y éste se puso a la defensiva; pero luego atacó con furia. Paralizó con un brusco movimiento los brazos de su rival y llevando el cuchillo hasta el vientre se lo metió arriba del miembro y le abrió el abdomen hasta las costillas. Los intestinos se salieron y el herido se tambaleó y cayó de bruces sobre un montón de tripas.

Juanita soltó la risa y le dijo al matador:

— Así me gusta, ke no se tienten el corasón pa kumplir su boluntá.

Luego miró al caído. Hizo un gesto de desprecio profundo, paseó su mirada de reina ofendida en tragedia de teatro de barrio sobre todos los presentes y dijo:

—   ¡Al ke no le pareska, ke me lo diga!

Esperó un momento. . . Todo el mundo callaba.

—   Bueno, me boi con mi ombre.

Y se fue…    

            

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