José Luis Romero Written by  José Luis Romero Aug 16, 2017 - 321 Views

| Cuento | El espejo

Compré el espejo a un anciano. Lo estaba vendiendo en plena calle. Supuse que se deshacía de sus cosas viejas y que era lo único que le faltaba por vender. Había dejado mi coche a menos de una cuadra del lugar. Era hora de trabajo, visitaría a un cliente. Su oficina quedaba a unos metros de donde me detuve al encandilarme. Los rayos del sol llegaron a mi cara después de reflejarse en el espejo. Era rectangular, más largo que ancho. La madera del marco tenía a su alrededor varios rizos y figurillas tallados. Aunque prefiero lo sencillo, me gustó y lo compré. En ese momento, no imaginaba lo que me sucedería gracias a ese adorno. Cargué el espejo hasta el lugar donde había dejado mi coche, lo puse en el asiento de atrás y me fui a mi cita.

      Una vez arreglado el asunto con el cliente, manejé directo a mi departamento. Sería una parada breve, tan sólo para bajar mi nueva adquisición y de allí volvería a la empresa. Ya en la cochera de mi edificio, saqué el espejo y lo recargué en una pared mientras cerraba las puertas del coche. El elevador llevaba más de una semana sin funcionar. Subí por las escaleras. Cuando había metido el espejo en el coche, no noté que fuera tan liviano como resultó al cargarlo hasta el tercer piso. La única molestia que sufrí fue que chocaba contra mis rodillas al subir cada escalón. Llegué hasta mi departamento sin siquiera sentirme cansado. Abrí la puerta, dejé mi compra sobre el sofá de dos plazas cercano a la puerta y salí.

     Al volver a casa por la tarde, después del trabajo, tenía claro dónde colgar el espejo: detrás de la puerta de mi cuarto, así quedaría oculto cuando dejara la puerta abierta. Sólo debía cuidar que la perilla no lo golpeara. Recordé que tenía unos clavos que me habían sobrado de… de… No me acuerdo de qué, pero los tenía y fui al patio por ellos. Estaban en un recipiente colgado junto a la lavadora. Saqué el martillo de mi caja de herramientas y llevé todo al cuarto. Vi el lugar donde iría el espejo antes de poner dos clavos para sostenerlo.

     Ya con el espejo colgado, aproveché para verme. Traía un gallo. Del buró, junto a mi cama, tomé un peine y regresé al espejo. Empecé a peinarme, pero noté algo raro: parecía que los movimientos de la imagen iban detrás de los míos. ¡Era imposible! Me había visto en muchos espejos y los cambios en la imagen siempre, siempre, eran simultáneos a los míos. Pero esa vez, levantaba mi mano derecha y  mi reflejo empezaba el movimiento de su mano izquierda un instante más tarde. Lo mismo pasó con otras pruebas que hice. Debo decir que me puse nervioso. Tapé el espejo con la puerta y salí a caminar.

     Di un paseo por los lugares cercanos a mi edificio. Pensaba en varias cosas: desde lo poco que conocía de la Teoría de la Relatividad de Einstein, hasta lo que había visto en películas de Ciencia Ficción. Nada me calmaba, nada me daba una explicación lógica de lo que había pasado con el espejo. Tuve la idea de que por casualidad lo habían hecho de algún material desconocido por la ciencia y me encontraba frente a un fenómeno capaz de establecer un nuevo paradigma científico. Me di cuenta que pensaba  puras tonterías y regresé.

     Fui directamente hacia el espejo. Intenté descolgarlo agarrándolo de los costados y no pude. Me agaché unos centímetros para ayudarme con las piernas y fallé, de nuevo. Obviamente, la imagen seguía mis movimientos, aunque me pareció aún más retrasada que antes de que saliera a caminar. No supe qué hacer, parecía que el espejo estaba pegado a la pared. Me puse en cuclillas, traté de empujarlo desde abajo. Ya no me importaba si se caía. Hice fuerza. Hice todavía más fuerza. Sentí un fuerte jalón en los hombros. Tropecé. Me fui de boca contra el suelo, pero no era el suelo de mi cuarto sino lo que se reflejaba de él.

     Di la vuelta sin levantarme del piso. Me dolían las muñecas. Las moví en círculos para descartar cualquier fractura. Vi a mi reflejo. Él estaba de pie en mi cuarto y yo, dentro del espejo, sin levantarme aún, adolorido por los golpes. Me apoyé en el suelo para ponerme de pie. Quise salir y no pude. Pateé el vidrio sin lograr que se rompiera. Vi la lámpara del buró que estaba junto a la cama, caminé hacia ella y la tomé con mi mano derecha. La aventé contra el vidrio y… acepté que me quedaría allí por un tiempo. Mi reflejo sonrió y salió del cuarto, de mi cuarto.

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