Redacción A7 Written by  Sep 08, 2014 - 175 Visitas

| Reseña | Tengo que morir todas las noches

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Si atendemos a lo que Jürgen Habermas en Facticidad y validez ha definido como espacio público: “estructura intermediaria que establece una mediación entre el sistema político, por un lado, y los sectores privados del mundo de la vida y los sistemas de acción funcionalmente especificados, por otro”; es probable que estemos a un tris de obtener la clave para comprender la trascendente importancia sociocultural y política del libro Tengo que morir todas las noches, escrito por Guillermo Osorno y publicado por Editorial Debate.


            En ese libro, al través de un ejercicio magistral de periodismo narrativo, se encuentra contenida una realidad mexicana casi desconocida y que, de tan múltiple y sorprendente, bien pudiera haber sido contada como mera ficción novelada por alguien que no fuera, como en el caso de Guillermo Osorno, un cronista perspicaz y por demás riguroso.

            Muchos fueron los años de investigación que requirió el autor de Tengo que morir todas las noches, para lograr reunir y armar las piezas de ese su enorme rompecabezas social, el cual, a la distancia histórica, permite tener a los lectores una visión conjunta de las diversas subculturas surgidas en una etapa generacional específica de nuestro país; todo ello a partir de un reducto ciudadano con apenas 60 metros cuadrados de extensión: el ahora mítico bar que estuvo ubicado en la Zona Rosa de la Ciudad de México, y que tuviera de nombre El Nueve.

            Es el mismo Habermas quien establece los niveles que abarca el espacio público, mismos que van desde “episódicos que representan el bar, el café, encuentros y conversaciones en la calle, hasta el espacio público abstracto, creado por medios de comunicación, […] pasando por [aquellos] caracterizados por la presencia física de los participantes y espectadores, como pueden ser […] los conciertos de rock”; de tal forma, considerando a El Nueve como un espacio público sui generis para su época, no resulta desproporcionado considerar que Tengo que morir todas las noches representa una posibilidad distinta para conocer, en retrospectiva, uno de los soterrados orígenes de la transformación de nuestra compleja realidad actual; ya que ese bar, fue uno de los sitios públicos donde surgieron expresiones que después fueron imponiéndose, entre otros fenómenos debido a su autenticidad ciudadana, como formas de vida de amplia resonancia social y aceptación, incluyendo aquí la aprobación masiva, mediática y política.

            La historia que Guillermo Osorno nos cuenta acerca de El Nueve y los personajes que tuvieron alguna relación con ese entorno, con ese espacio público, está estructurada a partir de una visión de lo más amplio posible.

            Por lo tanto, no es mera casualidad que Tengo que morir todas las noches inicie con el tono intimista, confesional, de su prólogo, ya que a partir de esa voz en primera persona, no sólo se autentifica el obligado papel de testigo presencial de la realidad que se aborda, desde las exigencias del género narrativo elegido, la crónica; sino que también, esa voz personal, va encontrando luego su resonancia colectiva mediante la posterior incorporación testimonial de aquellos otros que, de una forma o de otra, fueron personajes imprescindibles para las noches de El Nueve.

            Y es que si en algo resulta abundante la crónica que del bar El Nueve Guillermo Osorno realizó, es en personajes. No pocos de ellos verdaderas figuras públicas. Divas como María Félix o Silvia Pinal, estrellas de cine internacionales como Úrsula Andress o nacionales como Sasha Montenegro, vedettes como Olga Breeskin o Irma Serrano, escritores como Carlos Monsiváis, Luis González de Alba, Oliver Debroise, artistas como Andy Warhol y José Luis Cuevas, dramaturgos como Julio Castillo o Emilio Carballido, figuras del espectáculo como Ana Torroja, Nacha Guevara o grupos de rock entonces apenas conocidos como La Maldita VecindadBotellita de JerezCafé Tacvba o Caifanes, cuando estos se hacían llamar Las Insólitas Imágenes de Aurora; son quienes desparpajadamente aparecen, al lado de los más aristócratas socialités y empresarios de esa época.

            Pero, también, asoman otros personajes, seres diversos provenientes del underground marginal y que parecieran surgidos de una alucinación fellinesca, como es el caso del travesti Gustavo Xochilteotzin, Xóchitl, quien atrevido y haciendo a un lado su corpulenta y rústica apariencia, llegara a ingresar apoteósicamente a El Nueve, disfrazado de Cleopatra y arriba de un palanquín antecedido por una cohorte de supuestas esclavas.

            Mucho se podría decir acerca del contenido informativo de Tengo que morir todas las noches, un libro que no sólo es la historia de un espacio público de reunión para la comunidad gay de los años 80’s, aquel bar impulsado por Henry-Raymond Donnadieu y sus asociados. Tampoco se limita a ser sólo una biografía de vidas azarosas y contrastantes, como la del propio Henry o las de los principales partícipes en la existencia del bar El Nueve. No, definitivamente. 

            Tengo que morir todas las noches es eso, pero también mucho, mucho más. Es, sobre todo, una historia viva. Un fundamentado repaso crítico y documentado de significativos sucesos que desde entonces, y hasta nuestros días, resultan socialmente insoslayables, políticamente determinantes, culturalmente trascendentes. Tengo que morir todas las noches es una crónica de doscientas treinta páginas donde, no casualmente, podemos encontrar algunos de los autónomos orígenes de la creciente participación ciudadana en nuestro país; ciudadanización que, al margen del oficialismo trasnochado hegemónicamente ejercido desde no pocas —y entelarañadas— instituciones gubernamentales, paulatina y democráticamente ha venido imponiéndose y transformando la vida pública en México.

            Tengo que morir todas las noches es, en síntesis, un libro de lectura obligada al que además, se le debe agradecer un plus: haberse negado ex profesamente a hacer una estéril e idealizada glorificación acerca de ese pasado que en sus páginas, magistralmente se compendia.

 

Título: Tengo que morir todas las noches.
Autor: Guillermo Osorno.
Editorial Debate. 2014.
240 pp.

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