Cecilia Written by  Aug 28, 2017 - 217 Visitas

Fermentación

Muchas son las leyes en un Estado corrompido.
Tácito.

Somos una masa que como el tepache, poco a poco se fermenta y que, por desgracia, a veces huele acedo.

Si las banderitas y adornos del festejo del Grito de la Independencia son chinas, es evidencia que no somos independientes. Maceramos los rencores, aceptado defectos y delitos que incrementan la impunidad y la injusticia.

No quiero ser aguafiestas, ni tampoco me considero pesimista, pero de verdad ¿Qué festejamos?

Si yo tuviera dinero para comprar un vestido 30 mil dólares, cierto es que no lo compraría, preferiría invertirlo en el diario digital y para mejorar los sueldos de los “salmones” que trabajan aquí.

Cierto, porque a pesar de los billones de pesos que gobiernos municipales, estatales y el federal han invertido en publicidad, aún no me la creo, no veo ese movimiento, al menos que sea uno en círculos, como los que hacen los compases, y de lo que se trate es caer en un espejismo.

No veo ese país de ensueño donde se vence al crimen organizado, donde cada día hay más oportunidades, donde la justicia es imparcial y expedita, donde se aniquila la violencia por género, de profesión, edad, religión, pobreza e ignorancia. Dónde somos líderes mundiales en algo o donde, de plano, alguien diga que es inmensamente feliz con su salario, transporte, servicios, oportunidades, gobernantes, partidos políticos o con su ritmo de vida, o que le crea todo a los medios de comunicación.

Amo a México, pero es algo así como una terquedad. De esos amores dignos de libro de García Márquez, a pesar de los pesares.

No es una obsesión.

Un jefe me llamó “absurda y utópica”, quizás por ello su prestancia a alejarme del puesto que yo desempeñaba impecablemente. “Estás dopada y eso te impide ver que estás mal, no puedes atacar así al verdadero poder”, dijo, mientras me miraba con intención de intimidarme.

“No estoy dopada, tú eres feliz conviviendo con los que llamas ‘poderosos’, ocultándoles sus errores, sintiéndote uno de ‘ellos’. Yo no, creo en darle voz a quién sufre injusticias, consideró que se debe decir la verdad, y que en la medida que lo hagamos, creeremos menos en las mentiras que nos quieren vender. No soy una lamebotas. No soy de tu equipo. Yo prefiero la verdad”. Esa fue mi respuesta.

Porque ningún mexicano debería permitir que pisoteen sus derechos, que tenga que aceptar un país corrupto e ineficiente.

Yo sí creo que los malos gobernantes tienen que ir a la prisión, que los negligentes deben pagar sus errores y que, sobre todo, el gobierno está para servir, pero a todos. Que la austeridad debe ser sincera, no escenográfica.

El nacionalismo exacerbado de las festividades mexicanas debería de contar con grandes mensajes, reales, de que país habitamos. El conocimiento es poder y eso no deberíamos de negociarlo. No porque quiera ser fatalista. Pero creo que son más los que quieren que todo cambie, aunque, aún no descubren de dónde sacar el valor para hacerlo. ¿Preferir la anomia? ¡No por favor!

En un trabajo exhaustivo el INEGI reveló la percepción de la corrupción. El diagnostico es apabullante, somos un país dónde la tranza avanza. Esta encuesta proporcionó información sobre como los ciudadanos ven los tramites, pagos, solicitudes o contacto con las autoridades.

Si bien San Luis Potosí, Distrito Federal y el estado de México son los tres estados más corruptos, Chihuahua tiene un cuarto lugar, seguido de Quintana Roo y Tabasco. Y, ¡chale!, el séptimo y nada honroso lugar es para Jalisco.

No sé si por temor, Sonora, Guerrero, Tamaulipas y Colima fueron entidades donde los habitantes captan existe menos corrupción.

El desencanto es evidente. Pero quizás como un adicto a la mentira, prefieren asistir a festejos gratuitos, llenos de mexicanismos. No importa que dentro de un Palacio de Gobierno, del nivel que sea, se gasten más de cuatro o 100 millones de pesos para halagar a los llamados líderes sociales, capos políticos y toda la corte celestial de lambiscones.

¿Somos independientes? No. Somos dependientes de una clase gobernante que aplica el pan y circo. Todos lo pagamos y por desgracia, no es gratis.

José Mujica, presidente de Uruguay dice: “No quiero utilizar nunca más la palabra austeridad, la han prostituido”.

No permitamos se siga fermentando la indiferencia, que con espejitos nos vendan un país que merece mejores ciudadanos, de esos que saben que tenemos todo para ser la gran potencia que hace siglos esperamos.

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